viernes, 7 de diciembre de 2007

Viaje al mundo de los mochicas

Por Gustavo Ng


Por las monumentales ruinas de barro en las afueras de Trujillo anda un perro negro, tan pelado como un animal marino. Sin embargo, vive en el desierto. Sube por rampas milenarias, se echa a la sombra de un muro polvoriento y en un pozo cavado por arqueólogos sueña enrollado con una pirámide multicolor y una muchedumbre que adora al dios mitad humano, mitad tigre. Era su amo también, antes de que llegaran los perros peludos. Le fue fiel cuando toda la gente desapareció, más tarde cuando los conquistadores despreciaron su mundo y ahora que los investigadores lo resucitan.

Durante décadas, el encandilamiento que ejerció Machu Picchu dejó en las sombras otros vestigios de civilizaciones que habitaron Sudamérica, pero en los últimos veinte años se han sucedido descubrimientos que están fundando a Perú como un nuevo Egipto.

El Señor de Sipán

Cerca de la ciudad costera de Chiclayo (770 kilómetros de Lima), en el pequeño pueblo de Sipán, se encontraron asombrosamente conservadas las tumbas de un rey y su corte que vivieron hace 1700 años. El Señor de Sipán fue un monarca de los mochica, sociedad extinguida hacia el año 600 d.C. Era el único gobernante y guerrero del antiguo Perú encontrado hasta entonces. Los científicos rescataron sus vestigios de los saqueadores de tumbas en 1987 y la riqueza del hallazgo ameritó la instalación en 2002 del Museo Tumbas Reales de Sipán, que puede ser visitado, tanto como el lugar del hallazgo, donde los arqueólogos siguen trabajando. La visita puede hacerse en el marco de un recorrido por diferentes sitios arqueológicos desde Chiclayo o desde Trujillo.

El Museo Tumbas Reales de Sipán exhibe cerámicas de belleza precisa, las mejores piezas del arte mochica. El visitante es asaltado por la vida intensa de los seres que emergen de las piezas: una parturienta, un zorro, un hombre que pesca una mantarraya, un hombre iguana, un muerto que hace música, un pez demoníaco, un prisionero desnudo. Los días y los trabajos de la gente mochica están retratados en las cerámicas que le ofrendaron al Señor de Sipán, no para que se hicieran polvo, sino para que le sirvieran en la vida que le esperaba después de la muerte. También habrían de servirle sus acompañantes: esposa y concubinas, jefe militar, vigilante, porta estandarte, un niño, dos llamas. Y el perro fiel que anda todavía por las pirámides.

El Señor de Sipán se presentó en otro mundo con su majestuosa opulencia de metal. En las vitrinas del museo relumbran collares de doradas cabecitas sonrientes, orejeras, cascos, cetros y brazaletes de oro, plata (el oro, hecho de sol, la plata hecha de luna), cobre dorado y piedras semipreciosas. Sólo en el sepulcro del Señor había más de 400 joyas. Una nariguera está hecha de láminas finas de oro que cuelgan delicadamente: la luz del sol creaba figuras centelleantes cuando el Señor hablaba.

El circuito arqueológico de la costa norte de Perú incluye además las 26 pirámides de Túcupe, el Complejo El Brujo, la Huaca de la Luna y Chan Chan, la ciudad de barro. Se trata de un itinerario vivo, porque todo el tiempo se están haciendo descubrimientos, muchos de ellos tan extraordinarios que ponen patas arriba las teorías vigentes sobre las civilizaciones que precedieron a los incas. Este es el Perú anterior al Imperio Inca y el Perú más allá de Machu Picchu.


El Brujo muestra una pirámide y una reina tatuada

El descubrimiento del Señor de Sipán generó una fiebre del oro arqueológico. Poco después se encontraron los primeros frisos pintados en la misteriosa plataforma geológica en forma de triángulo que conforma el complejo El Brujo. Los frisos están en la parte superior de una pirámide que continuamente arroja maravillas a la luz del presente. La pirámide, como cientas aún no descubiertas, estaba tapada por el polvo. Para el inexperto era un montículo cualquiera, uno de los tres del lugar, agujereado como un queso por los huaqueros (profanadores de tumbas) y llamado El Brujo por los nativos porque era punto de reunión de los shamanes de la región.

En el valle de Chicama, como ningún otro sitio, el Brujo concentra huellas de un largo pasado: las más antiguas son de 5000 años y están las ruinas de una iglesia dominica de tiempos coloniales. Cuando vivían los mochica los cultivos reverdecían; hoy es una pampa junto al mar sin una brizna de pasto y sin una línea de sombra. Estamos a una hora de la ciudad de Trujillo, a 550 kilómetros al norte de la capital del Perú, en un sitio que ha sido abierto al público recién en mayo de este año.

El visitante tendrá frente a sí la fachada develada de una pirámide mochica, los prisioneros en fila que salen de una pared y un mural en el que signos y figuras enigmáticas danzan una coreografía desconocida. Verá lo que ojos ancestrales vieron, y examinará la labor, precisa hasta la obsesión, de los arqueólogos.

Los investigadores han hecho recientemente un hallazgo descomunal: en la pirámide dieron con un mausoleo, y de la tumba principal sacaron al rey, que resultó ser una mujer. Una pequeña reina en un estado de conservación tan bueno que resulta inexplicable. Tenía unos 25 años y las manos y antebrazos tatuados con serpientes y arañas, caballitos de mar y estrellas. La enterraron con báculos, coronas y ofrendas, envuelta en un fardo de 120 kilos. Gobernó en el siglo III de nuestra era, bajo la ascendencia del dios único Ai Apaiec, hombre felino al que le ofrendaban la sangre de los prisioneros y las peregrinaciones sin fin hasta la pirámide que hoy visita la gente del siglo XXI.


Huaca de la Luna

El primer impulso será levantar la cámara de fotos para capturar la imagen, pero inmediatamente se la bajará para entregar sin intermediaciones el alma al fascinante espectáculo de la fachada de una pirámide multicolor de casi 30 metros de alto, poblada de decenas de seres de otro tiempo, tallados y pintados por gente de otro tiempo. Los guerreros marchan en el escalón de la base, oficiantes de una ceremonia desconocida danzan tomados de la mano en el segundo escalón, luego se alinean arañas con brazos humanos (de una cuelga una cabeza, otra sostiene un cuchillo sacrificial), pescadores, hombres felinos, una titánica serpiente que separa el mundo terreno del divino y arriba de todo el dios Ai Apaiec.

Alrededor se distinguirán las trazas de la ciudad mochica desde la cima de la pirámide: depósitos, tumbas, corredores, patios. Allí arriba se caminará por el recinto donde se ejecutaban los sacrificios que culminaban en la plaza frente a la fachada —detrás de esta fachada hay otras cinco; las pirámides se iban construyendo sobre anteriores, recubriéndolas y conservando la forma.


Chan Chan

La Huaca de la Luna está en las afueras de Trujillo, lo mismo que Chan Chan, el sitio de mayor tradición en el circuito, desde 1986 Patrimonio de la Humanidad. Chan Chan es una intrincada ciudad de barro construida por los chimú, descendientes de los mochica que fueron dispersados por los inca.

La ciudad albergó unas 100.000 personas entre los siglos XII y XV. Tiene nueve complejos construidos sucesivamente, cada uno de ellos amurallado. Hoy se visita uno de ellos. Las ruinas siempre estuvieron a la vista, pero sólo comenzaron a ser restauradas en 1964. Hoy se ha recuperado el 95% del complejo y es el atractivo arqueológico más preparado para el turismo en la costa norte.

Los muros forman un perímetro de un kilómetro y medio. En su interior hay plazas enormes, patios pequeños, pasillos como un laberinto y recintos, cámaras, depósitos. En el lugar no llueve; para abastecerse de agua los chimú hicieron 140 pozos.

Tras andar por un pasadizo enmarcado por paredes de más de dos metros de alto, el espacio se abre sobre una gigantesca piscina rectangular con prolijos brocales de piedra. Oasis irreal en medio de la aridez infame de Chan Chan, crecen en el agua eneas, totoras y juncos, y por los platos de los lirios acuáticos caminan pollas de agua, entre patos, flores frescas e insectos voladores.

Chan derivó de xllang, sol, que en el lugar manda cruelmente. Sol, desierto y mar. Chan Chan, capital de un solo reino, es la ciudad que construyeron unas personas apasionadas con el mar. Corren aún los peces por los muros, junto a disciplinados cormoranes. En todas partes están los rombos, como decoración o como estructura de paredes: son las redes de los pescadores. Los chimú dueños de los espíritus que hoy se esconden tras la resolana y se dejan bañar por la luz de la luna, iban felices por el mar con los caballitos de totora que aún usan sus nietos. Quién sabe hasta donde llegaron.

Sentadito en la orilla recalcitrante, observando atento el infinito horizonte de agua, esperaría a su dueño navegante el fiel perro tan pelado como un animal marino.


OLAS Y SABORES

A quince minutos de Trujillo está el balneario de Huanchaco, donde los pescadores siguen haciéndose a la mar en caballitos de totora, los surfers de todo el país aprovechan olas magníficas y la gente de paladar experto se lleva sabores que no hallará en otro lugar.

El mismo catador de exquisiteces encontrará ocasión de felicidad en Pimentel, balneario de Chiclayo. Probar una “orgía de mariscos” en la cebichería Los Percebes regalará un recuerdo fijo: pionono de papa con pulpa de cangrejo, langostinos en salsa golf, pulpo al olivo, conchas de abanico a la parmesana, conchas negras asadas con limón, choclo y especias locales, tortilla de raya. El ceviche de mero es único en el Perú, lo mismo que el filete de mero relleno de una pasta de mariscos con langostinos y rabas.


Suplemento Viajes y Turismo, Diario Clarín, 21 de enero de 2007

Turín, con ese altivo esplendor del Norte



La brillante bandera de Italia contrasta con los tonos sobrios de Turín, del negro perfecto al ámbar pálido que emite una tulipa de piedra medieval. Esta es la capital del Piamonte, entre Suiza, Francia y el Mar de Liguria. Al sur está Italia, claro, pero en lugar de volare ho ho!, cantare ho ho hoho! se oirá el susurro íntimo de Carla Bruni pronunciando et l'océan de l'oubli, a jamais, nous réunit.

Se descubrirá desde el tranvía, frente a la Piazza Castello, un café distinguido que al porteño le resultará familiar. Se baja, se caminan unos metros por el casco histórico, la Torino sabauda, y se instala uno dentro de una recova, en el Café Mulassano, centenario, de madera, bronce, cristal, luces y la voz de Carla Bruni, chica del lugar. A unos metros está la Galleria Subalpina, elegante como ninguna, habitada por un cine de lujo, librerías de lujo y bares de lujo, hasta salir a otra plaza, la Carlo Alberto.

Resultó que el Café Mulassano estaba muy cerca del hotel, de modo que uno se ha hecho habitué. Cada tarde, entre martinis y el aire de la primavera alpina, se ha contemplado el entorno monumental de la Piazza Castello.

Al fondo está el Palazzo Reale, como un muro de tiza, labrado exquisitamente para que el tiempo se detenga. Por doscientos años fue la casa de los Saboya, una de las dinastías emblemática de la nobleza europea. También alojó a los reyes de Cerdeña y al primer rey de Italia. Los artistas lo cincelaron barroco, rococó y neoclásico. Detrás se extienden melancólicos giardini reali y adelante una plazoleta está custodiada por Dióscuros también congelados en el tiempo.

Se ve la cúpula suculentísima de la Chiesa di San Lorenzo, cuyo interior es una obra maestra del barroco religioso en Europa, en la que sobreabundan las joyas de la inagotable riqueza católica de los Saboya. Una tras otra se suceden capillas, cada una de las cuales requiere varios días de contemplación.

Enfrente se continúa el Palazzo Reale en un edificio que replica paredes rojas y ventanas blancas, como en un sueño, hasta el infinito. Fueron las plazas y los edificios de Turín los que dictaron a Giorgio De Chirico la quietud metafísica y la melancolía impasible que capturó en sus pinturas.

En el centro de la Piazza Castello se yergue como un peñón arquitectónico el Palazzo Madama. Su fachada de pulimento austero oculta un cuerpo medieval, con torres cilíndricas de ladrillos de rojo maduro por las que trepan las enredaderas verdes.

En los pliegues de su interior de mármol habita la historia de Turín. Los siglos estáticos desde que la creara Augusto hace 2000 años hasta que los Saboya la convirtieron en el enclave de su dominio, tramándole un laberinto abigarrado de palacios, plazas, iglesias y castillos. Napoleón hizo demoler antiguas fortificaciones y los vientos de la expansión moderna cambiaron la faz de Turín: fue fundamento de la revolución industrial en Italia. Su dimensión la hizo capital de la nueva Italia Unificada en 1861 y las posguerras del siglo XX la impulsaron aún más como potencia de la industria.

Usted andará por camas de reyes, que en Turín son camas de piedra. La frialdad es de una belleza exquisita en esta ciudad, donde las luces preservan las oscuridades mejor de lo que iluminan y donde son hermosas las camas de piedra y los baños como mausoleos (para los pies descalzos, el mármol gélido).

Los turineses siempre fueron gente altiva, circunspecta y aplicada. Su laboriosidad fue motor de la industrialización de Italia, proceso que atrajo hacia Turín migrantes de todo el país. Aunque alberga una ensaladera de orígenes, sigue siendo distinguida y alejada del ardor sureño. La prosperidad avivó la tradición cultural e intelectual. Aquí escribieron Italo Calvino, Cesare Pavese y Umberto Eco. Donde Jean François Champollion desentrañaba jeroglíficos se construyó un museo, el segundo Museo Egipcio del mundo. Salimos del café, caminamos por la via Accademia delle Scienze y entramos a ese museo. La colección de piezas es inextinguible. Muchas provienen de las excavaciones que llevaron a cabo los investigadores de este museo entre 1900 y 1935. Hay cerca de 30.000 objetos. Recorriendo las salas se entiende una clave que escribió Champollion: “El camino a Memfis y Tebas pasa por Turín”.

La maciza severidad con que los turineses se opusieron al fascismo es la misma que había generado el imperio Fiat. La Fabbrica Italiana Automobili Torino fue fundada en 1899 por Giovanni Agnelli y otros inversores que impusieron sus vehículos rápidamente hasta concretar el proyecto de Lingotto, el mayor complejo automovilístico de su época en Europa. Está cerrado el Museo Nazionale dell’Automobile, pero puede visitarse la Fiat en el marco del “Made in Torino. Tour the Excellent”. El itinerario incluye empresas aeroespaciales (Alcatel Alenia Space, Alenia Aeronautica y Galileo Avionica), otras automotoras (Iveco y New Holland) y compañías de diseño (Pininfarina, Bertone y Gufram).

La noche más relajada está en el Murazzi del Po. Desde el río se nos verá junto a los distinguidos turineses, charlando en uno de los bares de la costa, contra las viejas arcadas. Sobre las arcadas corren los autos entre árboles tumultosos y allí arriba, iluminada bellamente, la enorme aguja de la Molle Antolleniana.

En una bella giornata estival daremos un paseo en bicicleta acompañando el Po. Saldemos de un parque junto al Borgo Medioevale, pasaremos por debajo del Ponte Isabella y bordearemos el río, que ha lamido castillos desde siempre y sintió pasar el poder de los soldados de Roma durante siglos y hoy sigue agitándose vivo bajo el sol. Pasaremos la zona de los hospitales, el Museo del Automóvil, el palacio Vela y el palacio del Trabajo. Cruzaremos el Sangone para meternos en el parque nacional de las Vallere. Iremos por la carretera del Castillo de Mirafiori y llegaremos al bosque de Nichelino. En dos horas sobrecargadas de aire, río y Medioevo, habremos llegado al palacete de Caza de Stupinigi.

En una cena en un restaurante pequeño y de gusto irreprochable, en tonos pastel y dorado, con manteles y servilletas de hilo, grandes jarras de cristal con agua y bienestar en el ambiente, probaremos la comida de Turín. Picaremos pistachos y panes, algunos rellenos de frutos secos, y luego nos traerán una insalata de gamberetti y rucola, un ragout de ternera con salsa de zanahorias, un carpaccio de buey con parmeggiano, agnolotti rellenos de carne, nuez moscada y laminitas de la famosísima trufa blanca del Piamonte y rissotto negro con tinta de sepia. El dolce es mousse de chocolate con nata y frutos secos.

Los gustos de Turín no son tiernos ni dulces. Turín no atrae por empalagosa, sino por su estilo definido hasta lo incorregible. El visitante se lleva la impresión de una ciudad que pasó del rigor soberbio del imperio a la precisión severa de un industrialismo que también se hizo imperial; un sentimiento de realeza que ha respirado en cada turinés, como si todos descendieran directamente de Vitorio Emanuel I, rey de Savoia.



UNA VISITA AL SÉPTIMO ARTE

La pujanza industrial de Turín se concretó tanto en las automotoras como en el cine. La vocación por la cultura de Turín absorbió de su vecina Lyon las máquinas de los hermanos Lumière. Aquí nació Cabiria, la primera superproducción de la historia del cine, rodada en 1913 con tropas de elefantes en los Alpes y escenas de batallas con 20.000 extras. La industria cinematográfica fue intensa, fundamentó la RAI y tiene su exhaustivo Museo Nazionale del Cinema alojado desde el 2000 en cinco pisos dentro de la Mole Antonelliana. La planta baja está ocupada por salas de proyección; en el primer piso se despliega la Arqueología del Cine, en el segundo está el Salón Templo del Cine, con diez capillas dedicadas al culto del séptimo arte; el tercer piso muestra las diferentes etapas de la producción cinematográfica y el último nivel contiene la más completa colección de afiches de películas del mundo.
La Mole Antonelliana es emblema de Turín. Fue iniciada en 1863 como sinagoga; se eleva impecable, nutrida de la soberbia de la Europa blanca, en 168 metros de elegancia, severidad, nobleza e intransigencia.
Es consenso entre los turistas que el Museo del Cine y la Sábana Santa son las visitas más fascinantes que pueden hacerse en Turín.



Suplemento Viajes y Turismo, Diario Clarín, 4 de noviembre de 2007

martes, 20 de marzo de 2007

ESPAÑA

Desde Vigo, alma y sabor de Galicia

Gustavo Ng

El viejo parecía ignorar el rugido del Atlántico. Erguido solemnemente en una playa de la costa argentina, con las manos tomadas atrás, parecía no prestar atención al mar, concentrado como estaba en escudriñar con la mirada más allá del horizonte de agua. Como si en cualquier momento fuera a aparecer algo. Ya se tomará un avión, el viejo, y desandará el camino que lo trajo a Buenos Aires hace más de medio siglo. Se tomará un avión con su nieta adolescente y verá lo que cada verano su sentimiento busca donde acaba el océano: Vigo.
Entonces, podrá ver desde el aire un perfecto crucero blanco y gigante entrando apaciblemente desde el mar a la ría de Vigo. Miles de turistas llegan en cruceros a este puerto, entrada esplendorosa a Galicia y a España.
En la boca de la ría amparan al puerto las islas Cíes, tres cerros sumergidos hasta la mitad. Galicia es la región montañosa de España sobre la que el mar se ha montado. Ha trepado por sus valles perpendiculares a la costa formando varias rías, en las que mariscos y peces han abundado como en un paraíso. La ruda tierra gallega recibe las aguas oceánicas con deleite de esposa enamorada, y el fruto de la unión es un lugar de una hermosura robusta, capaz de obsesionar a sus hijos toda la vida.

En el barrio histórico


El viajero empezará una visita al casco antiguo por el Barrio del Berbés, zona tradicional de pescadores. Desde allí se ven plazuelas y pórticos hasta los que antaño llegaba el mar. Por la Rúa da Ribeira se va a la Plaza de Piedra, donde un mercado ofrece de todo, herencia de un tiempo en el que se vendían productos exóticos de ultramar.
A través de la Plaza de la Constitución, donde estaba emplazado el antiguo ayuntamiento, se llega a la Rúa dos Cestos, con sus artesanías en mimbre, muestras de una tradición centenaria, y la Colegiata de Santa María, en pleno corazón del casco viejo. El edificio, obra cumbre del neoclásico en Galicia, fue construido a principios del siglo XIX sobre las ruinas de la antigua Concatedral, destruida por el pirata Drake. En el atrio de la Colegiata está el símbolo de la ciudad: un olivo.
Los vestigios más antiguos de Vigo pertenecen a la época romana —entre los siglos III y VI d.C. La ciudad sufrió ataques de los normandos en la alta Edad Media, luego fue arrasada por Almanzor, en el siglo XVI padeció la peste y las invasiones turcas la asolaron en el XVII. Por eso, Enrique IV fortificó Vigo con unas murallas que permanecieron hasta 1860. La ciudad había quedado constreñida a un pequeño lugar de calles y construcciones irregulares.
La Colegiata de Santa María atesora al Cristo de la Victoria, patrono de la ciudad, quien fue llevado por el mar de Dios hasta una playa gallega para ayudar a los vigueses a resistir hasta la expulsión de las tropas de Napoleón en 1809.
Cerca de la Colegiata está la Estación Marítima de Ría, con su antiguo muelle de A Laxe. De la Estación Marítima salen excursiones para recorrer la ría y rodear a las Islas Cíes: Monteagudo, Faro y San Martiño. Son la zona natural más bella de Vigo. Las costas que dan al interior de la ría son suaves, hechas de grandes superficies de arena y bosques, mientras que la parte occidental, batida por el ímpetu de las aguas del Atlántico, es una sucesión de acantilados y cuevas, residencia eterna de multitudes de aves. Antes de subirse al barco hacia las islas Cíes, los turistas visitan la antigua Pescadería, donde aún se ofrecen frutos de mar.
También disfrutarán los mariscos los navegantes del mundo que el 12 de noviembre zarparán de Vigo para dar la vuelta al planeta acuático para ganar la Volvo Ocean Race. Será la primera vez que esta competencia se inicia en un puerto no británico.
Bastión turístico de la zona es la Puerta del Sol, con su sireno, mitad hombre y mitad pez. Es el punto desde el que se expandió la configuración urbana hacia las laderas del monte Castro.
Los bares —tascas— del casco antiguo son punto de partida de otro tipo de tour. "Marcha" le llaman los vigueses, que empiezan por la ruta de vinos de los alrededores del Mercado de la Piedra y siguen para la calle Churruca o para el Barrio del Arenal, en los alrededores del Club Náutico, y luego terminan en alguna de las discos del entorno de la playa de Samil, al otro lado de la ciudad.

Los miradores

El Monte del Castro fue asiento de la primera población prehistórica de Vigo. Desde pleno centro de la ciudad, domina la bahía de Vigo y buena parte del valle del Fragoso. El monte es pulmón verde de una ciudad que ha crecido vertiginosamente en el último siglo. Asentada al borde de la ría, Vigo asciende por las laderas del monte Castro y hoy, con su expansión urbana, rodea y sobrepasa ampliamente aquel emplazamiento inicial.
En 1900 la población era de 18.500 habitantes y para 2004 la cifra había trepado a 292.059, al consolidarse como el primer puerto pesquero de España.
Desde el monte Castro se contempla un panorama en el que las formas urbanas se diluyen en el horizonte marino; un paisaje que combina sierras, playas, islas y valles, envueltos en el azul luminoso de Galicia contra el mar.
En una de las laderas del monte Castro se han hallado restos arqueológicos de la época en que la gente vivía en pueblos fortificados en las montañas. La gente, entonces, era gente celta. En la cima está el castillo de San Sebastián, del que se conserva un fragmento de muralla: allí está el mirador.
En el monte Castro hay también un monumento a los galeones hundidos en la Batalla de Rande. En 1702, 19 galeones que cargaban desde América 108 millones de piezas de oro y plata, entraban en la Ría de Vigo para protegerse de una escuadra inglesa. En la batalla resultaron hundidas 40 naves repletas de tesoros. Se dice que los ingleses se llevaron 40 millones de piezas y que un millón fue recuperado. El resto del cargamento palpita entre peces y ostras.
Otro mirador está en el monte de A Guía, en cuya cima se erige la ermita de Nuestra Señora de las Nieves, punto de referencia de las embarcaciones que surcan la Ría y donde la gente del mar agradece a la Virgen su protección. Las mujeres de los pescadores subían al tejado de la ermita en los días de temporal para cambiar la dirección del viento que se llevaba a sus maridos.
Fuera del casco urbano está A Madroa, un monte con pinos y eucaliptos y manantiales, que tiene el único parque zoológico de Galicia. Y junto a la carretera de Vigo a Gondomar está el Monte Alba, acaso el que ofrece la visión más grandiosa: la Ría de Vigo en toda su extensión y un gran valle lleno de flores y cultivos.

Las playas

Entre los sitios más deliciosos de Vigo para disfrutar con el cuerpo lo que desde los miradores vieron los ojos, están las playas. A lo largo del litoral se extiende una gran cantidad de playas de distintos tipos. En la orilla izquierda de la ría de Vigo aparece la famosa playa de Simil, cercana a la ciudad. A lo largo de sus tres km tiene amplios pinares y lugares para hacer deportes. Le sigue la playa de Bao, de arena blanca y aguas tranquilas, en la que emerge la pequeña isla de Toralla, unida a la tierra por un puente.
En una de esas playas, casi personales, retozan el viejo y su nieta. La obsesión del viejo finalmente se ha encontrado con el espíritu que lo llamaba, trepado a un techo una tarde en que el viento se llevaba todos los diablos. La chica toma sol con auriculares. El viejo, con una sonrisa, contempla Vigo.

Suplemento Viajes, Clarín, 30 de octubre de 2005
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2005/10/30/v-00611.htm


viernes, 12 de enero de 2007

CARNAVAL DE BAHIA

Cuatro días para ser negro

Por Gustavo Ng


A ver quién se atreve a meterse por un agujero en el siglo XXI, al territorio ferviente en que se agitan los demonios de la jungla. En el carnaval de Bahia viene a estallar en el presente el futuro del África que aún no llegó. Los tambores y los coros de los negros y los negros de la tribu danzando han evolucionado. En Bahia la música llena el mundo tronando desde camiones gigantescos como naves extraterrestres que cargan toneladas de amplificadores. En la cima, como minúsculos muñequitos van los músicos, y desparramados alrededor como un océano de alimañas enloquecidas de alegría, van negros, indios, blancos, humanos de todos los colores, disfrazados de todas las cosas, bailando, bailando, bailando. Bailan los mismos ritmos del fondo de los tiempos, adornados con los mismos caracoles y las mismas ropas blancas, alimentados aún de pescado, cerdo y frutas, adorando los mismos dioses chispeantes y tremendos, y festejando que se liberaron de la esclavitud.

Esto dura unos pocos días: a ver quién se aguanta seguirle el ritmo a los bahianos, que se han guardado siglos para esta fiesta y que se largan a las calles sabiendo que este carnaval puede ser el último.

Quien entienda eso y a quien le responda el cuerpo, podrá celebrar estos días finales de alegría fugaz bailando y cantando sin parar durante esta maratón de cuatro días enloquecidos.
Las naves extraterrestres rodeadas por cardúmenes infinitos de bailarines en éxtasis se llaman tríos eléctricos. Puede uno mezclarse allí, pagando una entrada. También es posible sumarse a un bloco: clubes que salen a festejar con sus grandes grupos de percusionistas, sus cantantes y su multitud vestida con los trajes y colores que los identifican. Si se siente la vocación de saltar de una cosa a otra, agitándose libremente, uno se habrá convertido en una pipoca (palomita de maíz), entre muchas otras. Luego están los camarotes, lugares en los que se puede bailar mirando la fiesta en las calle, y también hay cientos de clubes y barracones en que la fiesta privada se hace pública y la pública, privada. Se montan escenarios en las zonas de Cajazeiras, Periperi, Itapuã y Liberdade, barrio de 500 mil almas donde está la mayor concentración de afro-descendientes de la ciudad.

Los tríos eléctricos y los blocos andan por recorridos. Los recorridos son tres: Dodô, junto al mar, preferido por los universitarios y los adolescentes; Osmar, donde circulan los blocos más tradicionales y en el que la fiesta comienza a la mañana, y Batatinha, por la zona que es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Son 25 kilómetros por las calles de Bahia para gastarse los pies y reventarse la garganta danzando y cantando. Con lo que no se habrá hecho nada diferente a lo que hacen dos millones de nativos.

Esta es la emperatriz de las fiestas callejeras del planeta. El carnaval fue llevado al Brasil por los portugueses. Llegó como celebración en la que no se sabía dónde terminaba lo cristiano y dónde empezaba lo pagano, y los negros resolvieron el problema llenándolo con sus cosas. Bahia es una lonja del corazón de África. No eran lo que se dice pasivos, los negros forzados a la esclavitud, e hicieron de todo para zafarse —hasta crearon Palmar, un estado independiente en medio de la selva americana. Y aunque fueron vencidos, las luchas de sus antepasados les dan esperanzas. También les dicen quiénes son. Todo eso tiene el carnaval, cosas de negros: su canbomblé, su capoeira, la música y la danza, sus sociedades, sus batallas de resistencia.

Los portugueses aportaron una fiesta en la que los reyes se hacían pobres y los pobres, reyes. Pues bien, dijeron los negros, si es nuestra fiesta, los negros esclavos seremos libres, los negros pobres seremos ricos, los negros condenados seremos rescatados por la alegría. Y entre ellos puede uno mezclarse, entre dos millones de barones hambrientos, napoleones retintos y pigmeos de boulevard que bailan y bailan y bailan.


Capoeira

Ahora hay chicas, pero antes eran sólo hombres, muchachos, que hacían esa danza alucinada, lenta y rápida, siguiendo de un modo extraño el ritmo del berimbau —el que parece un arco, con su única cuerda—, el atabaque —el tambor apoyado en el suelo— y el pandeiro —el tambor más pequeño. En las plazas, las playas, los lugares turísticos y también en lugares exclusivos se desarrolla esta plena jactancia de flexibilidad y control mágico del equilibrio. Casi tan practicada como el fútbol, la capoeira es una danza y un juego que desciende de un entrenamiento marcial disimulado. Fue gestada en el legendario quilombo de Palmares, donde en el siglo XVII se refugió un grupo de esclavos que habían acuchillado a sus amos. Libres ya, establecieron una comunidad abierta a indios y mestizos que promovió la rebelión y atrajo indómitos hasta alcanzar una población de 20.000 habitantes. La capoeira se practicaba como una técnica de combate, y cuando el quilombo fue arrasado, se difundió bajo la mascarada de una danza.


Blocos y Afoxés

Hay blocos tradicionales y blocos afro. El más antiguo entre los afro es Filhos de Gandhi, con sus más de 6000 miembros que forman un río blanco y azul. Entre los recientes los más conocidos son Olodum, Muzenza, y Malé Debalé. El Ilé Aiye es un espectáculo portentoso cuando sale de su base en Ladeira du Curuzu, en el barrio de Liberdade.Imaginaos el carnaval con otra música: misión imposible. Los negros entraron a la fiesta de blancos que era el carnaval a fines del siglo XIX con sus bandas, llamadas afoxé, al ritmo del ijexá, un ritmo surgido de los ritos del candomblé. La primera afoxé se llamó Embaixada Africana.


Candomblé

Candomblé es una palabra con mucha música y que crea mucha confusión a la hora saber qué designa. Los bahianos llaman candomblé a una religión, sus ritos o el lugar donde se desarrollan esos ritos. De lo que no hay duda es que tiene que ver con una religión en origen africana y luego sincretizada, que tiene por dioses a los orixás, espíritus de la Naturaleza, protectores de la casa y la maternidad, guerreros, reyes y reinas de África y muchos más.


Orixás, los dioses del Carnaval

Exú: mensajero entre los hombres y los orixás. Color: Rojo.
Ogum: abre caminos. Color: azul oscuro.
Oxumaré: unión del cielo y la tierra. Color: verde y amarillo.
Iansã: orixá de los vientos y las tempestades. Color: Rojo.
Logun Edé: orixá de las selvas. Color: azul y verde.
Oxum: orixá de los rayos y los truenos. Color: dorado.
Nanã: la más vieja de las orixás de las aguas. Color: blanco y azul.
Loko: orixá de la jungla y los caminos, protector de los pobres. Color: blanco.
Ossain: dueño de las hierbas, es el médico de los orixás. Color: rojo y azul.
Ósala (conocido también como Oxalufã y Oxaguian): orixá supremo. Color: blanco.
Iemanjá: reina de las aguas. Color: rosa y celeste.
Ifá: orixá de la adivinhação. Color: blanco


Irmandade da Boa Morte

Está compuesta por señoras negras, unidas bajo el manto de una cofradía católica que se formó hace dos siglos para ayudar a esclavos fugitivos y para reunir dinero para comprarles la libertad. Son devotas de Nossa Senhora da Boa Morte, virgen que se superpone a Naná, Gran Madre de quien todos provendríamos, nos pasamos la vida buscándola y terminamos, con la muerte, volviendo a ella. Ella es quien nos inventa, reinventa, gesta, cría, suelta en el mundo, vive en las profundidades de nuestra esencia y después recoge el cordel para llevarnos de nuevo a su interior que es el origen de nuestros orígenes. Las hermanas visten todas de blanco: vestido, pulseras, pañuelo en la cabeza. Cantan canciones católicas, pero pronunciando las “a” y las “e” de un modo tan inconfundiblemente africano que cuesta entender el portugués.


Todos los bahianos son músicos

El carnaval de Bahia es música y todos los bahianos son músicos. Quienes se destacan entre ellos, alcanzan dimensiones universales. Uno de los que se ha disparado aceleradamente los últimos años es Carlinhos Brown, inventor del grupo de percusión Timbalada, quien tomó su apellido artístico de la expresión con que algunos turistas blancos llaman a los niños negros. Como músico tiene una versatilidad proverbial, con la que mezcla rap, funk, rock, trip-hop, sonoridades africanas, música brasileña y ritmos de otras latitudes americanas. Superpatriarca de los músicos bahianos es Caetano Veloso. Es uno de esos músicos que están más allá de lo clásico, son creadores de la fuente de los clásicos. Caetano inventó todo en la música brasileña. Comenzó a cantar y tocar guitarra en Salvador junto con su hermana Maria Bethânia, apasionado con la bossa nova de João Gilberto (el músico que cambió la manera de cantar y tocar la guitarra en Brasil, dejando de lado voces típicas y tradiciones) se juntó con Gal Costa y Tom Zé. Exiliado en Inglaterra durante la dictadura militar, nunca detuvo su enorme corriente creativa. Fue uno de los líderes del movimiento tropicalista con Gilberto Gil, otro deslumbrado por la revolución de la bossa nova, quien se conectó con Chico Buarque, Torquato Neto, Capinam y Elis Regina. Desde entonces su aporte ha sido continuo y prolífico, con acercamientos al reggae y el pop.


Pelourinho

Casco histórico de Salvador, capital del Estado de Bahia. Un enclave de maravillosa arquitectura neobarroca, nido del surgimiento de la cultura afrobahiana. APARTADO / Recôncavo
Área que circunda la Baía de Todos os Santos, región fértil usada para plantaciones. Mayor concentración de afrobrasileños, ha sido llamada la Roma Negra.


Cocina bahiana

En la cocina bahiana se cuecen las raíces africanas: moqueca (especie de cazuela de pescado), siempre sazonada con condimentos fuertes, bobó de camarão (crema de mandioca con camarones), vatapá (crema de pescado, camarones secos y frescos, y castañas de cajú), sarapatel (guiso de hígado y corazón vacunos), acarajé (buñuelo de masa de frijoles relleno con salsa picante y camarones) y caldo de sururu (especie de mejillón) o lambreta (almeja).



Maxim, España - Enero de 2006



***

lunes, 4 de diciembre de 2006

CARHUÉ



Aguas termales en plena pampa



Por Gustavo Ng


Fue un cataclismo, pero las aguas conservaban cada una de sus insólitas propiedades. Tarde o temprano renacería el hospedaje al que concurrirían los turistas que quedaron huérfanos, y es lo que está sucediendo en este momento, mientras una retracción de las aguas comienza a dejar a la vista los árboles, las casas, los patios, los comercios, las veredas y las terrazas antediluvianos.


Es el cuerpo quien tiene autoridad para explicar cómo son las aguas de las 17.000 hectáreas del lago Epecuén. El cuerpo dirá que es agua convertida, por algún encantamiento, en otra cosa. Algo que borra los dolores de las manos, la espalda, las piernas; que deja la piel tan tierna como la de un bebé; que relaja cada fibra de cada músculo del cuerpo y concede al ánimo el estado de gracia. Y algo en lo que se flota. Realmente, asombrosamente, se flota. Puede uno quedarse dormido en completo relax en ese fluido que es un colchón líquido. Explican quienes reciben a los turistas que el cuerpo flota porque las aguas tienen una de las mayores concentraciones de sal de todo el planeta (sólo es más salino el Mar Muerto). La cuenca del lago es una salina.


Los visitantes del lago Epecuén se hospedan en alguno de los hoteles, residenciales y departamentos (suman unas 700 plazas) o en los cámpings. Los cámpings vienen recibiendo los últimos veranos miles de jóvenes atraídos como mariposas por la luz de los recitales gratuitos, en los que participan desde La Mosca a Pimpinela y desde Ataque 77 a Cacho Castaña.


Los recitales se hacen en La Isla, uno de los dos balnearios de la nueva era (ambos son de acceso libre). Primero el turismo termal se asentó en Carhué, luego en la villa de Epecuén y ahora vuelve a Carhué. Los balnearios cuentan con playas que se alargan tranquilamente dentro del lago, con lo que se forman extensas piletas donde los chicos se bañan horas y horas hasta que les crecen branquias, en un agua que alcanza los 30-35ºC.


Fuera de los días de recitales, todo el pueblo de Carhué ofrece una tranquilidad de ensueño, de yoga o abandono zen. Carhué es un fuerte punto slow dentro del slow de las pampas. Pareciera que los autos apenas se mueven y pareciera que un viento sólido menea lentamente los eucaliptos centenarios de la plaza principal, junto a la iglesia angulosa y junto al monumental edificio municipal, una blanca escultura gigante y misteriosa del arquitecto siciliano Francesco Salamone (uno de los 70 edificios magistrales que aquel siciliano diseñó en 30 pueblos de la provincia de Buenos Aires).


El lago se disfruta en verano, pero la mayoría de los turistas que llegan a Carhué acuden el resto del año, lo que se explica porque casi todos los hoteles ofrecen servicio de spa.


En el Hotel Carhué un grupo de profesionales aborda a cada visitante con un programa personalizado de todo tipo de masajes y fangoterapias, baños termales, yacuzzis, duchas escocesas y saunas. El punto más alto de la propuesta es la piscina con hidromasajes, que contiene la asombrosa agua del lago termalizada a la temperatura del cuerpo.


Desde Carhué se hacen salidas de pesca, city tour y excursiones a la Colonia Israelita de Rivera, las Sierras de la Ventana, estancias en las Sierras de Pigüé, al Monasterio de las Hermanas Clarisas en Puán y a la Villa Turística Sumergida.


Excursión a la Villa Turística Sumergida



Las gallaretas, cisnes y patos nadan y los flamencos cucharean las artemias salinas (camarones minúsculos, únicos animales que viven bajo aquellas aguas) entre los árboles que asoman como fantasmas. Blancos son los árboles muertos, sobre los que se posan garzas blancas. Continúan dentro del lago las líneas de eucaliptos que enmarcan la avenida Colón. Las nubes corren, blancas y gigantes, sobre el lago oscuro. Allá a lo lejos se ve el imperial edificio del matadero (otra obra del arquitecto Salamone), y aquí asoman los restos de las casas de lo que fue la Villa Turística Epecuén. Una visita a estas ruinas perentorias es un paseo por el interior de una máquina del tiempo. La sensación de pasado es muy patente porque no se asiste a una época perdida sino a un mundo que está muy fresco en la memoria. En Carhué se exhiben las fotos de los últimos días, fotos como las que cualquiera tiene en sus álbumes. Ese mundo fue sepultado por el agua, y ahora rebrota, pero listo para desaparecer para siempre (las paredes se caen con un empujón leve, los ladrillos se deshacen en las manos). Esta es una expedición a unas ruinas que se desintegran a la vista. Se fotografía algo que nunca más podrá verse en esta realidad. Las fotos de este año no se podrán volver a sacar.


Si las ruinas de la Villa Epecuén estuvieran en el Primer Mundo, habría un enjambre de científicos, arqueólogos, documentalistas trabajando en cada centímetro cuadrado, insuflando una aventura que veríamos por Nacional Geographic; aquí se puede saltar por los escombros.




Clarín - Suplemento Viajes - 24 de septiembre de 2006



http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2006/09/24/v-02201.htm



***

lunes, 27 de noviembre de 2006


QUEBEC

Donde anida la luz del planeta

Por Gustavo Ng


Una ciudad sobre una ciudad. Una ciudad bajo una ciudad. El techo de esta ciudad de abajo es el fondo de un iceberg magnífico, de piedra, acero, concreto y vidrio: Montréal. Amo la ciudad que está aquí arriba, radiante, de entusiasmo diáfano, sofisticada e íntima, hecha de la Francia vieja y la América del siempre hoy. Y amo la luz blanca del cielo de Montréal.

Pero aquí no entra el sol. Una ciudad bajo una ciudad. De niño imaginé una ciudad en la que los aviones anduvieran por el cielo, los automóviles corrieran por el piso y la gente transitara en el subsuelo. De grande he sonreído con aquella fantasía, “cosas de chicos”, pensé, pero hela aquí, bajo Montréal. “Cosa del futuro”, me dicen, y me indican que antes que yo la soñaron muchos, entre otros, Leonardo Da Vinci.

Esta Ville Souterraine es la ciudad subterránea más grande del mundo —en la arquitectura todo es posible, parece decir Montréal—, hecha de 30 kilómetros de túneles, pasadizos, amplias galerías y estaciones de tren subterráneo, cada una con su propio estilo de construcción (la arquitectura asombrosa, otra vez).

He descendido desde el piso de mi habitación del hotel hasta la recepción bajo tierra; he salido del hotel directamente a la metrópolis del subsuelo futurístico. He andando toda la mañana, entre los shopping centers de Place de la Cathedrale, Eaton y Royal Trust Place, pasando junto a kioscos de diarios, bancos, galerías de arte, boutiques, cines, farmacias, puestos de flores, museos… Hay más de 1700 locales comerciales y 40 salas de teatro y cine hay allí abajo. Me he detenido a almorzar con el impagable sosiego de comer en un restaurante sin sentir la presencia de los automóviles. Luego me llegué hasta la Place Ville-Marie, donde comenzó la Ville Souterraine. Allí se construyó en 1962 el primer complejo (cuatro años antes de que se inaugurara la red de trenes subterráneos), bajo el fantástico edificio en cruz que se levanta 42 pisos hacia el cielo, emblema de Montréal diseñado por el estudio de Ieoh Ming Pei (autor de la Pirámide del Louvre).

Finalmente, he vuelto a aparecer en la superficie en la Antigua Montréal. Gilles me esperaba en la mesa del café que siempre ocupa en la Pace Jacques Cartier. La plaza fue la feria del pueblo en un largo pasado de siglos y ha quedado en el ambiente el bullicio vivaz y la concurrencia. Los Montréalenses se encuentran allí, y allí me ha citado Gilles, un gigante sereno. Lo observo, trato de adivinar el origen de sus rasgos: 50% franceses, 10% inglés, 10% italiano… tal vez algo de Inuit o de otro pueblo indígena —amerindio, se les dice en Canadá— o acaso vikingo, que también anduvieron los vikingos por el río San Lorenzo. “Mi apellido es francés”, dice para zanjar el asunto, “pero pertenezco a la raza del jazz”. Gilles se ríe sonoramente. Es un crítico de jazz respetado, uno de los inventores del Montréal Jazz Festival. “En esta mesa, mi mesa, en esa silla en que estás sentado, estuvieron Pat Metheny, el viejo Ray Charles, Oscar Peterson, el argentino Piazzola… Genios absolutos. Serán Beethoven, Bach, Mozart dentro de unos años”.

“Allez”, dice Gilles, y empezamos la caminata por el Casco Viejo, en la Montréal de arriba.

La Antigua Montréal es un exquisito rincón de historia que ha quedado entre los rascacielos y el río. “Salut”, le dice Gilles a la estatua del fundador Sieur de Maisonneuve en la Place d’Armes, y añade “la religión católica es un asunto de pertenencia en esta ciudad. Ser católico ha sido ser francés, participar de las raíces; la aldea madre se llamó Ville Marie, amamos las iglesias, el mayor rascacielos tiene forma de cruz... Fíjate allí enfrente, observa qué bonito: es el seminario que los suplicianos hicieron en 1685. El pueblo estaba recién nacido. Y mira para el otro lado”. Allí está, magnífica, la basílica Notre-Dame de Montréal, victoriana en la fachada, preñada de luces el interior neogótico, los altares recargados de púrpura, azul, piedra y dorado. “Deberás volver en verano, advierte Gilles, para los conciertos de órgano. Tienen el mejor órgano de Canadá”.

A la vuelta de la esquina damos con los edificios de la época en que cobró impulso la prosperidad que ha elevado a Montréal a un formidable standard de vida: el majestuoso Banco de Montréal, el Royal Bank, el New York Life, primer rascacielo de la ciudad (1888), una obra de arte de ladrillos vistos. Sentimos por la Rue Saint-Jacques la suntuosidad de principios del siglo XX, cuando Montréal era la gran capital cosmopolita de Canadá.

Al llegar al obelisco que recuerda el lugar de la fundación de Ville Marie, ya estamos cerca del agua. Querríamos quedarnos para siempre en el Vieux Port, mirando sin pensar aquellas aguas del enorme río que pasan, que van hacia el mar, sintiendo la frescura de la tarde, viendo pasar a la gente tranquila, con esos edificios que muestran con tanta felicidad sus caras a los pasajeros de los barcos que llegan. Están los edificios uno junto al otro, como amigos, parados obedientemente detrás de la calle que los separa de la costa, y desde allí sonríen.


Por el río San Lorenzo

Veré los edificios saludarme cuando navegue por el río en la lancha que Gilles tiene amarrada en el Port d’Escale. Habré de sentir en el cuerpo este fundacional río San Lorenzo. Viajar es ir sobre los rieles, por los caminos o atravesando el aire. Pero se viaja verdaderamente cuando se va por las aguas. Veré aparecer antiguas villas, algunas granjas, cruzaremos grandes barcos y veleros deportivos, nos acompañará la naturaleza gigantesca de Canadá, hecha de bosques, montañas, lagos y cielo.

El San Lorenzo fue la columna vertebral del ingreso y la colonización de los europeos a esta parte de América. A principios del siglo XVII Samuel de Champlain se metía en sus aguas como tantos otros exploradores lo hacían en ríos de América: para llegar a las Indias. El río nace en el lago Ontario y se orienta hacia el nordeste para entregar sus aguas al Golfo de San Lorenzo, 1.000 kilómetros abajo. Navegaremos 138 millas náuticas para llegar a la ciudad de Québec, el tramo del río por el que se transportaba la producción de la zona de Montréal y Trois Riviéres hasta Québec para ser exportada a Europa y a la costa este de Norteamérica.

Luego de pasar Sorel entramos en un delta que atravesamos por pequeños canales. Llegaremos a Trois-Rivieres y luego el río se pondrá más correntoso y más angosto. Pasaremos bajo los puentes que anuncian la ciudad de Québec y llegaremos finalmente a Cap-aux-Diamant.


La ciudad de Québec

Cap-aux-Diamant es un promontorio imponente encumbrado por el Hotel Château Frontenac. Una y otra vez se señala al edificio como el más fotografiado del mundo. Es un slogan de lo más bobo, porque el dato cierto es que es una de las construcciones más bellas y señoriales de la arquitectura, el primero de una serie de hoteles edificados por la Canadian Pacific Railway, abierto en 1893. Medio siglo más tarde fue sede de las conversaciones entre Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt para delinear una estrategia común para la Guerra Mundial.

El Chateau Frontenac impera como un monarca majestuoso la vieja ciudad amurallada de Québec, Patrimonio Mundial de la UNESCO, cuna de la Francia en América, hoy potente foco turístico con sus innumerables restaurantes, cafés, boutiques y artesanos, juglares y artistas callejeros que le dan un toque bohemio.

Québec tendrá 400 años de historia en el 2008. Por siglos ha sido el puerto básico de exploradores, colonizadores, comerciantes y ejércitos. Su alma está forjada por pueblos nativos, franceses, ingleses. Los cuatro siglos se concentra en la ciudad amurallada; en sus callejuelas, sus terraplenes, sus antiguas casas e iglesias de piedra, sus techos de cobre.

Un guía nos lleva por los siglos pasados en un recorrido que incluye vistas panorámicas fascinantes de la ciudad y sus alrededores. Vamos por las alturas de Québec.

Desde la Dufferin Terrace, construida en la ladera del Cap-aux-Diamant, observamos el barrio comercial más antiguo de las Américas, el Petit-Champlain, el Place Royale y el Puerto Viejo.

Andamos por el Parque de las Batallas —Plains of Abraham—, donde ingleses y franceses se mataron por el dominio del lugar. Nos perdemos el Musée du Québec y la recreación de una batalla y de los seis sitios a la ciudad de Québec, que se hace en otro museo, el Musée du Fort.

En el Parque de la Artillería, ubicado donde los franceses construyeron en los siglos XVII y XVIII diferentes defensas, luego usadas por el Regimiento de Artillería Británico, visitamos edificios militares que están en pie: el Dauphine Redoubt, de 1712 y los Cuarteles de Oficiales, de 1818.

Los nombres de los lugares guardan el pasado sin pudor: rue Sous-le-Fort, rue du Trésor, rue du Sault-au-Matelot, Place d’Armes, Parc Montmorency, iglesia de Notre-Dame-des-Victoires…

En el corazón de la Antigua Québec está el Convento de las Ursulinas, de 1639. Las monjas guardan recuerdos de todas las épocas y saben mostrarlos en su museo de modo que la historia cobre vida (se imagina uno las monjas viajando durante tres meses por el Atlántico, los primeros nativos en un salón de clases, la vida monacal década tras década).

El Museo de las Agustinas ofrece el mismo viaje en el tiempo. Pero buscamos en el Convento de las Ursulinas a la hermana Danielle. Es la hija de Gilles. Aparece: una muchacha franca y firme, como su padre, y muy jovial, con una luminosa sonrisa de monjita despabilada. Nos cita en un lugar “desde donde veremos todo”.

Es l’Observatoire, a 221 metros de altura, en la colline Parlementaire. La ciudad y sus alrededores se dominan desde allí. Danielle es una chica moderna, parece conocer todo y actúa directamente. El tour ha quedado en sus manos … “Vamos a la Isle d’Orléans”, nos dice, y subimos a su pequeño y moderno automóvil —que en manos de Danielle prueba ser velocísimo.

A 12 kilómetros de Québec por la autopista 440 East cruzamos un puente para llegar a la Ile d'Orléans. Danielle se detiene ante cada lugar, contempla, suspira de placer, nos pregunta “¿no es hermoso?” con un brillo en los ojos y luego “allez!”, a seguir.

La isla está salpicada de villas en las que se conserva la vida tradicional. Sus comerciantes, artistas, granjeros, sus habitantes han creado un lugar en que es importante el contacto humano. Es gente orgullosa del producto de su trabajo y de la isla, su casa, a la que aman y cuidan con esmero.

Las villas son ideales para recorrerlas a pie o caminando y tienen dónde recibir a los visitantes por un rato o por unas vacaciones.

Paramos en la casa de los navegantes de Saint-Jean y en Saint-Pierre-de-l'Île-d'Orléans visitamos la granja Domaine Steinbach Cidrerie et Vinaigrerie y la Église Saint-Pierre, la más antigua de la isla.

Desde la calle Horatio-Walker Street —la que en invierno se continúa en el puente que se usaba para llegar a la isla— vimos las cataratas de Montmorency, la Bahía de Beauport, Québec y el Cap-aux-Diamant. One of the ice bridges used to cross to the mainland until 1952 started at the end of this street.

Nos detenemos en la Chocolaterie de l'Île d'Orléans, instalada en una casa de 200 años, para disfrutar chocolates y en el Forge Economuseum para adquirir algo del tradicional arte de la isla. Junto al camino Royal vimos los campos de frutillas de los alrededores de Saint-Laurent, pueblo de astilleros desde el siglo XVII.

“¿Vamos más adentro de la Naturaleza? ¿A las cataratas de Montmorency?”, pregunta Gilles a su hija. Danielle tenía la respuesta preparada: “Más adentro de la Naturaleza, pero a Sainte-Anne”.

El cañón de Sainte-Anne está a unos 40 kilómetros al este de Québec, donde el río Sainte-Anne-du-Nord River se zambulle en un profundo desfiladero de paredes de piedra.

Hace treinta años Jean-Marie McNicoll convirtió el desfiladero en una atracción turística, disponiendo senderos, puentes y miradores para que los humanos sientan la colosal, magnífica Naturaleza del norte del continente americano. Danielle reía burlándose de su padre cuando atravesamos uno de esos puentes colgantes, a 60 metros de altura, sobre las cataratas que forma las aguas del río al entrar al desfiladero: “¡demasiado pálido para interpretar a Indiana Jones!” Estábamos rodeados de los bosques planetarios de Canadá, envueltos por el sonido del agua fatigando las rocas prehistóricas, un sonido macizo que se siente en el cuerpo, respirando esa frescura virginal que purifica los sentimientos.

Dicen que en algunos días de verano, por alguna razón que nadie conoce, de la nada aparece un arco iris, radiante, enorme, que cruza el cañón de Sainte-Anne.


Gaspésie

Luego nos iremos hacia el norte, seguiremos río abajo, para llegar a la Gáspesie. Más adentro de la Naturaleza.

En la Gaspésie derrama el San Lorenzo su agua en el mar y por la Gaspésie entraron en América los primeros antepasados franceses de la gente de Canadá.

El marino Jacques Cartier, hombre de St. Malo, llegó aquí con dos fragatas en 1534, hizo contacto con los nativos y tomó posesión de las nuevas tierras invocando el nombre de su rey Francisco I y plantando una cruz.

Tras Cartier llegaron a pescar en la zona marinos normandos, británicos y vascos. Muchos establecieron bases de pesca para el verano, algunos de los cuales crecieron y son hoy Matane, Percé y Mont-Louis. Pero la apuesta colonizadora pasó por las costas de la Gáspesie aguas arriba: a fundar Québec, Montréal, y más allá…

Los nativos con quienes tuvo trato Cartier pertenecían al pueblo Micmac, perteneciente a la Nación Algonquina. Eran gente de mar, que acampaban a lo largo de la costa en verano y se internaban tierra adentro en invierno. Los antropólogos saben que los Micmacs estaban en aquella península desde hacía por lo menos 2.500 años. Y desde antes, estaban los Etchemins, los Montagnais y los Kwedechs.

Las relaciones con los pueblos originarios era más intensa aguas arriba del río San Lorenzo, donde el explorador Champlain se enredaba en alianzas con Hurones, Algonquinos y Montagnais contra los Iroqueses para iniciar hostilidades que durarían décadas y dejarían heridas por siglos.

Y antes de que llegaran los humanos, tras atravesar el estrecho de Behring y el territorio de oeste a este, ya estaban los bosques de arces. Estaban los lobos, los castores, los caribúes, los zorros, los linces y las ballenas. Siempre miraron las ballenas asomadas a la superficie del agua, a esos animales inquietos que andaban sobre sus dos patas usando palos, piedras, pieles. Hoy, desde lejos observan esas ballenas azules de 25 metros cómo las observamos Gilles, Danielle y otros bípedos que flotamos sobre una lancha.

Vamos a bordo del Narval III y estamos en las agues del Parque Nacional Forillon. Danielle chilla de alegría cuando ve las tres ballenas —ha sido ella quien las descubrió— y Gilles, el inmenso Gilles de dos metros de masa, las mira con la melancolía del exiliado que examina al hermano que quedó en casa.

En Gaspésie el frío define las líneas y afirma los colores. La pradera tiene un verde espiritual, el cielo es un solo manto, siempre oscuro, el océano es macizo como la tierra. Y en ese paisaje de infinitudes, un solo, minúsculo faro rojo. Es el faro del fin del mundo.

“Soy un hombre urbano”, me dice Gilles, “volveré a mi mundo del jazz y mi hija volverá a su convento y tú volverás a tu país. Pero cualquiera de nosotros podría hacer lo mismo que Etienne Brulé. ¿Sabes lo que hizo? Escuchamos historias en nuestros viajes, descubrimos, aprendemos, vivimos aventuras, con suerte nos enamoramos… todo sin saber que mientras tanto algo está moldeando nuestras almas. Es la luz. Es la luz del lugar lo que persistirá en nosotros dentro de muchos años, cuando casi no recordemos dónde estuvimos. Y la luz de Québec, esta enorme luz, es la luz de un planeta puro. Es la luz gigantesca de los espacios gigantes, de la Naturaleza cristalina. Hace 500 años aquel Etienne Brulé dio la espalda a Europa. Simplemente se alejó, entre los bosques, los indios y los lagos. Saldría cualquiera de nosotros hoy, en otro milenio, con el planeta más intoxicado y arruinado, se echaría a andar por los espacios deshabitados de Québec y se hallará lo mismo que halló Etienne Brulé. Se sentirá la frescura de los mismos árboles y el mismo musgo bajo el cuerpo, se beberá la misma agua y se respirará el mismo…”

“…Cielo”, lo interrumpe Danielle, sonriendo.



El Mundo, España. Abril de 2005




***




sábado, 25 de noviembre de 2006



YEMEN
La historia construida con las piedras del desierto

Por Gustavo Ng

Me mira el crío desde allí arriba, recortado contra el cielo del desierto. Tiene la edad de mi hijo, que hace la misma acrobacia, trepa hasta lo alto del marco de la puerta apoyando una mano y un pie en cada costado. Sólo que esta miniatura de Aladino ha subido entre dos columnas de las ruinas de un templo. Dos altas columnas que son sagradas desde el tiempo en que los hombres de la infancia de la Humanidad adoraban a la Luna, la Diosa Luna, Ilumquh. Al templo del que quedan en pie las columnas en que ahora juegan los niños, se le conoce como Mahram Bilkis. Antes fue Awwam, en pie, según los registros de los arqueólogos, 400 años antes de que naciera Jesucristo ——pero antes aún ya existía bajo otra forma, tal como lo demuestran profundos cimientos de siglos prehistóricos.

Bilkis fue el nombre de la Reina de Saba, la que visitara al Rey Salomón. Estas ruinas del color y la materia del desierto, aquellos raleados árboles, tres hasta el horizonte; este calor que es como el aire del fuego, el cielo impasible y la raza del niño de la columna del tempo pertenecen a este sitio, lo que fue el Reino de Saba. El de la opulencia fabulosa, el que encandilaba a todo el Oriente. Eratóstenes de Cirene, Plinio, Diodoro Sículo y Estrabón dedicaron años a describir su legandaria fastuosidad, proveniente de monopolizar en la región el comercio del oro, las piedras preciosas, el marfil, los elefantes, las sedas, las hierbas medicinales, las especias, los esclavos, los caballos y los camellos. Porque el reino de Saba era el dueño de la ruta de caravanas que unía mundos: India con África. Era la Ruta del Incienso.

Abdullah nos lleva en el Toyota de segunda mano que compró en Arabia por el camino de la travesía que hizo Bilkis hasta el palacio del rey Salomón. Era una caravana que tardaba un día en pasar, desde Marib, que fue capital del reino de Saba hasta el siglo VI. He escuchado de niño, en la penumbra de una iglesia, la historia de la Reina de Saba y Salomón; era una fábula de la Biblia, pero ahora pisaba con mis botas para trekking las tierras de Marib y me dejaba tocar por la sombra de las ruinas de los edificios y templos que echaron la misma sombra a los diez mil hombres que marcharon con Bilkis hasta Jerusalén.

Los siglos y las guerras devastaron los edificios. Andando, me siento rodeado por los infinitos dientes carcomidos del desierto de Rub Al Khali: un planeta de ruinas. No puedo saber qué hubo en cada lugar, a qué pertenecen estos escombros, aquellos cimientos; nada lo indica, son vestigios vírgenes de la sabiduría de la ciencia. Estoy parado entre jirones de leyendas, hablando con unos beduinos para quienes aquellos vestigios son su hogar.

Me han cobrado peaje, estos beduinos, con sus cabras y sus camellos. Visten túnica grises, los turbantes, las barbas y las sandalias. Son gentiles en el trato e indomables en la vida. Nos señalan las ruinas de la antigua presa de Marib, que engalanaba la magnificencia del reino seis siglos antes de Cristo, con un lago de más de 100 kilómetros cuadrados. Trepo por unas piedras para tocar con mis dedos una inscripción en una gigantesca pared perfecta. Alguien talló aquellas letras en la época en que Inglaterra era un territorio por el que corrían indígenas semidesnudos.

Vamos en silencio absoluto todo el camino hacia Sana’a, la capital del país, conservando la vida que quiere incendiarnos el aire abrasador. Pienso que bajo las piedras de este desierto viven los dioses que han venerado los yemenitas, olvidados por la conciencia pero que laten aún. Pienso que juegan esos dioses con la idea simple del tiempo que Occidente ha moldeado en la mente de sus vástagos. A los occidentales se nos ha hecho natural, indiscutible, un tiempo que no es más que una línea que progresa. Nuestra razón nos dictamina que existen pasado, presente y futuro ordenados en una línea de una sola dimensión. Una idea fácil, que nos deja satisfechos y contentos, pero que Yemen jaquea.

Se sostiene nuestra vida moderna en la esperanza de que el futuro será mejor. Cuanto más espléndido lo imaginamos, más sólida será la base de nuestra ilusión. Al contrario, vemos a Yemen y a los yemenitas atrasados, en el fondo del underdevelopement, con su crecimiento demográfico vertiginoso y su mortalidad infantil espantosa, la debilidad de su administración política, su machismo, la falta de servicios públicos, la porfía en aferrarse a las costumbres atávicas... Pero entonces nos damos contra la paradoja: el atraso está en el presente y en un pasado remoto está el apogeo. Lo que debería estar en el futuro ya existió, con una grandiosidad que no somos capaces de anhelar para nuestro porvenir. No se irá jamás de mi mente la impresión que han causado los rascacielos fantasmas de Marib.

Los yemenitas no hacen del pasado aquello que debe enterrarse y olvidarse, sino un manantial que nutre el presente de sabiduría. En el Bazar del Pasado los yemenitas hallan qat. Al llegar a Sana’a he visto otro hombre con un bulto en la mejilla. Había visto aquí y allí uno y otro, y a un viejo, y a otro, llevando el bulto con la naturalidad con que se lleva la corbata. Tenían bolos de qat, un narcótico ancestral, hojas de una planta que empiezan dando una sensación de calor y sed y luego de bienestar. “Se desvanecen las preocupaciones y los apremios mundanos —me explica Tawfiq, con la mejilla agigantada y aplomo en los ojos—, y ganan el espíritu los pensamientos apacibles”.

Me informa que el Gobierno no reprime su uso, tan arraigado en el cotidiano que estuvo dibujado en los billetes de un rial y tan extendido que a finales de los 80 su comercio generaba una tercera parte de la actividad económica del antiguo Yemen del Norte (“era el negocio de Osama Bin Laden”, asegura Tawfiq).
La casa de Tawfiq, como muchas casas de familia, tiene un mafraj, habitación en donde comparte el qat después de la comida con familiares o amigos. “El qat nos iguala a los yemenitas en el mafraj: lo mastica el más humilde vendedor de peines y se deja ganar por sus efectos el presidente de la nación”. Luego nos revela que si vendedor y presidente llegaran a viejos habiendo mascado lo suficiente, sus mejillas se habrán agigantado y esa hinchazón será causa de admiración y respeto.

A las 6.30 de la tarde el Suq Al-Milh de la vieja Sana'a (Zoco de Sal, mercado donde se transan todos los artículos concebibles) se atiborra de tanta gente que apenas es posible caminar. Muchos de los vendedores son niños. Del Bazar del Pasado los yemenitas salen investidos del orgullo de dar al mundo una prole copiosa. Cuando el mundo del Presente impone como un valor moral minimizar la cantidad de hijos, los progenitores de este país viven cada nuevo parto con una alegría sin contradicciones. Hossein, dueño de un café pobre en el Suq Al-Milh, dirá con voz fuerte que tiene 23 hijos. Lo dice de una manera que me hace pensar que miente: tal vez no tenga 23, tal vez ha inflado el número como ha inflado su pecho, para causar admiración. Hossein agrega que tuvo todos los hijos con una sola esposa, pero podría haber tenido muchos más dado que su religión le permite tener cuatro.

El crecimiento demográfico es de 3,4%. En los últimos 40 años la población de la capital Sana'a aumentó de 55.000 a más de 1.000.000 de habitantes.

Los yemenitas son los anfitriones más cálidos del planeta. Camino de Sana’a al Mar Rojo, en Al Hajjarah, un pueblo fortaleza construido todo sobre un peñasco al que rebalsa, otro pueblo que nunca pudo ser conquistado, conozco a Jamillah. Está entera cubierta desde niña; sólo se ven sus ojos, pero ella no ve. Se comporta con firme amabilidad y sin temor y me invita a su casa. Allí está su madre y juntas me harán sentir incómodo ante el profuso despliegue interminable de honores, hasta que comprendo que por recibirme son más felices que yo por ser recibido. Y así es como los yemenitas reciben a sus hijos en el mundo.

Algunos de los hijos de aquel Hossein trabajan con él en el samsara reconvertido en café. Los samsara eran los edificios que antiguamente daban cobijo a las proverbiales caravanas que pasaban por Yemen. Era casa de trueques y de descanso para hombres y camellos.

En el Bazar del Pasado los yemenitas obtienen la manera de enseñar a los niños a hacerse hombres. Por un lado, les conceden los derechos y responsabilidades de trabajar y de manejar dinero. Al llegar a los doce años los niños son experimentados hombres de negocios.

Por otro, les dan lo que los integrará y nadie podrá quitarles jamás: la pertenencia. Andando por las montañas Haras, aparece un adolescente, un niño aún. Lleva el cabello revuelto y tiene esos dientes blanquísimos y esa felicidad en los ojos de los cachorros yemenitas. Y lleva la jambiyah, la daga ceremonial, a la cintura, como le han enseñado que debe llevarse. Heredó la daga de su padre, quien la heredó a su vez del suyo, porque las jambiyah pasan de padres a hijos durante generaciones. En su diseño y ornamentación puede identificarse la tribu a la que pertenece quien la porta.

Porque en el Bazar del Pasado los yemenitas encuentran también la manera de vivir en tribu. Para las Naciones Unidas, Yemen es una Nación, unificada en 1990, cuando se integraron Yemen del Norte y Yemen del Sur. Pero el país de Yemen integra tribus con sus herencias y territorios, que no se someten a ningún poder externo, aunque lleve el nombre de “nacional” y ostente reconocimiento de las Naciones Unidas. Intelectuales como Elham Manea sostienen que en las relaciones entre las tribus y el Estado está el eje del dilema político de Yemen desde que la solidaridad tribal limita las ambiciones absolutistas de los gobernantes.

Son tribus los beduinos, nómades del desierto, pero toda la sociedad yemenita posee una estructura tribal: parte del ayla (núcleo familiar básico), luego se articula en bayt (familia extensa), que forman una genealogía con un patriarca común para configurar una cavila o tribu.

Diferentes tribus armadas mantienen un continuo pulso con el Gobierno. Cada tribu está comandada por un jeque (shaykh, el mayor), persona respetable y considerada de gran sabiduría, que resuelve disputas de acuerdo a la sharia (ley islámica). Las decenas de grupos islamistas que existen en Yemen se dividen entre los leales al jeque Zin Abidin Al-Mundar, líder del Ejército Islámico de Adén, y los leales a Tarik Al-Fazli, cabeza de la llamada Yihad Yemení. Se dice que Yemen es un arsenal disperso que llega a los cincuenta millones de armas.

Yemen es un país de desiertos, y los amos del desierto son las tribus, orgullosas, libres, belicosas, jamás sometidas. Las tribus dan la impronta a Yemen. La historia de este lugar está forjada por los combates. En una gira por los alrededores de Sana’a observé cómo sobre el desierto y entre las montañas se erigen ciudades fortificadas.

La capital Sana’a, en las laderas del monte Nugum, está rodeada de murallas levantadas en el siglo X para proteger sus numerosos minaretes y palacios (el casco antiguo fue declarado patrimonio histórico-artístico de la Humanidad por la UNESCO). Cerca de allí, el pueblo de Wadi Dhar, oculto en el fondo de un valle, está vigilado por la antigua residencia de verano del célebre imam Yahya, a más de 50 metros de altitud sobre un bloque de roca.

Shibam, la que está a 40 kilómetros de Sana’a, nació aprovechando grutas naturales en una montaña de piedra de más de 300 metros donde se asienta la fortaleza de Kawkaban para proteger la ciudad (me impresiona la pasión por edificar fortalezas y palacios en los lugares más inaccesibles de las montañas). Shibam está protegida por una doble muralla.

Están rodeadas por murallas Sa'ada, en el norte del país, a 230 kilómetros de Sana'a, Taiz (capital del Yemen en el siglo XIII), Manakh, que fue un pueblo-fortaleza asentado a 2.200 metros de altitud y Baraquish, cuyas murallas casi intactas se elevan 14 metros.

Nunca se rehuyó a la guerra en Yemen y el estado de beligerancia permanente ha preservado un Pasado que no han podido desarraigar ni exterminar ni domesticar semitas, cristianos, otomanos, británicos ni cuantos intentaron colonizar a los yemenitas para siempre.

El 12 de octubre del 2000 fue atacada frente a Aden, mientras cargaba combustible, la nave misilística norteamericana USS Cole, con un saldo de 17 tripulantes muertos y 39 heridos. La sofisticada defensa del barco fue burlada por dos hombres que se acercaron en un chinchorro, a bordo del cual llevaban unos 300 kilos del explosivo plástico C4. Dos años después fue atacado el petrolero Limburg. Se señalan las coincidencias entre Yemen y el Afganistán talibán: fuerte influencia tribal, existencia de grupos radicales activos, un gobierno que no controla completamente su territorio ni tiene el monopolio de las armas, pobreza, recursos naturales, importancia en los esquemas de tráficos ilegales y una situación geopolítica estratégica. Además, contaría con un importante contingente de islamistas que pelearon su guerra santa contra el ejército comunista de Yemen del Sur (mujaidines) y se refugiaron en tribus autónomas. En el mercado de Suq at-Talh, a doce kilómetros de Sada, encontré más mercadería de la que conocía: pistolas de Eibar, lanzagranadas, rifles automáticos... En uno de los puestos me atendió un niño de doce años.

Bordeando la costa del Mar de Arabia, yendo de Al Mukalla hasta Bir Ali. Veo vestigios de una guerra civil que se desarrolló entre mayo y julio de 1994 e hizo tambalear la reciente unificación de Yemen. Entre un tanque calcinado convertido en chatarra y un campo minado, encuentro tres hombres. Les pregunto qué hacen por allí. Contestan que atravesarán el desierto de Rub Al Khali con su castigado todo terreno para vender sus halcones a los ricos vecinos de Arabia Saudí, después de una travesía de más de mil kilómetros por la arena, las entrañas del infierno. Es el mundo de las tribus, sin fronteras, sin límites.

Es notable en Yemen el contraste entre espacios desiertos y lugares en que las personas se congregan. Las concentraciones parecen tener cierta tendencia a acelerarse, una fuerza centrípeta que hace que los mercados y las ciudades estén fuertemente abigarrados. Las multitudes, sin embargo, no son amontonamientos.

Estos yemenitas reciben desde un Pasado tan antiguo que el mundo aún era mítico, la sabiduría de juntarse, en tribus, en baños públicos, en ferias, en ciudades, para encarar proezas imposibles. Los mercados tumultosos que Lévi-Strauss hallaba en los tristes trópicos se me revelan en Yemen como una formación capaz de llevar a cabo hazañas como resistir siglo tras siglo los embates imperiales o como construir en el desierto —hace 300 años— una ciudad de rascacielos. En el Wadi Hadramout, cerca del siglo II los yemenitas comenzaron a erigir Shibam.

En un pequeño cuadrado trazado en el desierto se apretujan cerca de 500 edificios. Es el desierto mismo que se ha erizado. Aunque fueron levantados con ladrillos de barro crudo, los edificios alcanzan, con siete u ocho pisos, los 40 metros de altura. Los cimientos son de piedra y las estructuras de madera. Las bases de las paredes tienen entre un metro y medio y dos metros de ancho. Los pisos más altos suelen estar decorados con alabastro blanco, con las ventanas de madera esculpida con dibujos geométricos diseñados para regular el paso de aire cuando están cerradas.

Dentro de Shibam camino por pasillos que comunican las viviendas de forma laberíntica. Una muralla de siete metros de alto que deja una sola entrada encierra el perímetro de la ciudad en que 6.000 personas viven en medio kilómetro cuadrado.

Shibam es un milagro de la arquitectura urbana de todos los tiempos. Los yemenitas la construyeron sin capitalismo y sin industrialización, como hicieron cada una de las fantásticas mezquitas, torres y edificios. Los carpinteros se vanaglorian desafiando a que se encuentren dos ventanas iguales. Estas edificaciones no fueron erigidas por mano de obra pagada con migajas por un banco inversor, sino por artesanos que fabricaron prodigios con materia de desierto y montañas.

En Yemen quedamos desnudos ante la obra de la perseverancia de unos hombres que decidieron desafiar el desierto armados con la sabiduría de la unión. El arquitecto italiano Pietro Laureano ha explicado a la UNESCO que Shibam es una ciudad oasis “no un mero don de la Naturaleza ni un producto del azar, admirablemente concebida y creada por el compromiso y el talento de gente que trabajó bajo una de las condiciones climáticas más arduas de la Tierra. Sólo estudiando su historia y descubriendo el secreto que propugnó su creación y preservación a lo largo de siglos, encontraremos la manera de resolver problemas actuales y de gobernar las ciudades para las futuras generaciones”.


11 de febrero de 2005

* * *