lunes, 14 de enero de 2013

Bariloche en Verano



El verano hace reverdecer la intensa perfección de Bariloche. Caminando por los rincones de sus bosques, recorriendo en bicicleta las laderas del Cerro Catedral, disfrutando en auto sus paisajes o navegando sus lagos magníficos, siempre se estará llenando el alma del escenario más hermoso que ha creado la Naturaleza en el sur del Mundo.



Caminatas por los bosques, sobre las montañas

Si desde la playa del Nahuel Huapi se mira el Hotel Llao Lao. la vista se desliza a la magnífica montaña que tiene detrás. Entonces, puede crecer en uno el deseo de andar caminando por allí arriba. No es imposible. Este es el secreto mágico de Bariloche: las maravillas que uno ve son accesibles. Lo que se está contemplando es el Cerro López. En tres horas de caminata desde su base se llega al refugio (se puede hacer en 4 x 4), para empezar un trekking inolvidable por terrenos de piedra, atravesando manchones de nieve, arroyos de montaña y un mallín. Los mallines son humedales, zonas en las que el suelo está alfombrado de plantas que aman el agua que lo satura. En el recorrido van apareciendo como gigantes de otro mundo las agujas de roca basáltica, y los enormes paredones de piedra de la montaña. Cuando se llega a la cumbre, a 2.200 metros, se alcanza una vista increíble del Tronador y el brazo Tristeza del lago Nahuel Huapi. El trekking es de entre dos y tres horas.
Otros similares pueden hacerse al Cerro Ventana, al Cerro Catedral, al Cerro Challhuaco y al Cerro Bella Vista. Los más aventureros podrán animarse a una travesía de tres días desde el Cerro López hasta Laguna Negra o desde el Refugio del Frey al Jakob, atravesando valles y bosques, trepando montañas y durmiendo en refugios. De Colonia Suiza a Pampa Linda lleva 5 días, y la agencia Andescross ofrece el cruce de los Andes en 12 días. También arma una expedición, exigente e inolvidable: el cruce de glaciar y ascenso al Pico Argentino del Cerro Tronador.
Más tranquila es una caminata para disfrutar del Lago Gutiérrez, desde Villa Los Coihues por plácidos senderos hasta Cascada de los Duendes en un paseo de tres horas. Se regresa bordeando el arroyo Gutiérrez y pasando por la Virgen de las Nieves, en medio de un bosque quieto de coihues gigantes y cipreses.

Mountain bike

Otra manera de vivir el paisaje (todo Bariloche es paisaje) con el cuerpo y llegar a lugares recónditos es subirse en una mountain bike y salir a recorrer los infinitos senderos que traman los alrededores de la ciudad. Senderos por bosques, caminos por suaves ondulaciones, veredas que trepan laderas peladas: la variedad de lugares y de niveles de dificultad es muy rica. Uno puede largarse a andar sin rumbos o, mejor, planificar circuitos de medio día, día completo o viajes de algunos días. Un paseo top es hacer los Siete Lagos, pedaleando hasta San Martín de los Andes.
En enero y febrero funciona en el Catedral un bike park con más de 20 circuitos que incluyen desde sendas para principiantes, con bajadas leves por las laderas, hasta el más alto nivel de saltos, estructuras de maderas y circuitos técnicos para los más experimentados. Se puede alquilar bicicletas especiales en la base del Cerro, contar con instructores y guías en las escuelas, y adquirir un pase para los medios de elevación. Durante toda la temporada se organizan eventos como competencias de Descenso, Dual Slalom, Padres e Hijos, Sesiones Fotográficas, demostraciones de dirás y otros.

Circuito Chico, vidriera a la belleza

El recorrido de los 65 kilómetros del Circuito Chico es la manera más placentera de disfrutar de Bariloche. En cada recta, subida, curva, está presente la belleza superior del paisaje. Se destacan miradores naturales como el Punto Panorámico y Bahía López que nos dejan el alma en silencio, contemplando sin pensamientos. En el kilómetro 17 de la avenida Bustillo, que se toma a la salida de la ciudad para ir bordeando el Nahuel Huapi, está el Cerro Campanario, a cuya cumbre es posible subir por una aerosilla. Allí está la mejor visión de todo el circuito: los lagos Nahuel Huapi y Perito Moreno, la laguna El Trébol, las penínsulas de San Pedro y Llao Llao y la Isla Victoria.
Llegando al Hotel Llao Llao está la capilla San Eduardo, en un marco natural de ensueño. Puede visitarse para descubrir en su interior reproducciones de los vitrales de los artistas Forte y Vázquez Málaga, y un friso de Raúl Soldi. Más adelante se atraviesa un puente sobre el río Angostura, que une los lagos Moreno y la península Llao Llao, y luego el puente sobre el lago Moreno. En unos kilómetros se comienza a bordear la laguna El Trébol, ya cerrando el circuito. La excursión puede hacerse en medio día, pero el verano es el tiempo ideal para detenerse en las playas sobre el Nahuel Huapi, Bonita o Serena, o hacer un picnic en un rinconcito que guarda el bosque junto al agua fría en Villa Tacul, el arroyo Angostura o el lago Moreno. Una opción imperdible es detenerse en algunas de las numerosas casas de té o restaurantes instalados a lo largo del itinerario, donde también se consiguen tejidos, maderas, velas, cerámicas, cosméticos y otros productos regionales de elaboración artesanal.


En lo alto de los Andes, navegando

Como si fuera una ofrenda, los Andes levantaron en sus regazos al Nahuel Huapi hasta el cielo. Por otra parte, su profundidad es desconocida, y en algunos sectores es abismal. Es un lago bellísimo y misterioso, y largarse a navegarlo encierra la promesa de secretos rincones guardados en sus cosas, a los que se llegará en un barco. Los tres paseos clásicos son el que visita la Isla Victoria y el Bosque de Arrayanes, el que toca Puerto Blest y llega a la Cascada de los Cántaros y el Cruce Andino. Ésta última navegación es una viaje hacia el corazón de la cordillera entre cerros hasta Puerto Blest. Desde allí el viaje está hecho de recorrido en ómnibus y navegaciones, tocando el Río Frías, Puerto Alegre, el Lago Frías, la selva valdiviana, el pueblo de Peulla, en Chile, el lago de Todos los Santos, los Saltos de Petrohué, el Lago Llanquihue y finalmente la ciudad de Puerto Varas.


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Eventos del Verano

Enero
Lunes 7: III Encuentro Internacional de Flauta
Jueves 10 y viernes 11: Pedro y Pablo
Domingo 20: Liliana Vitale y Verónica Condomí presentan Humanas Voces

Febrero
Miércoles 20: Ópera Romántica Francesa
Sábado 23 y domingo 24: Carreras 4 Refugios y 2 Refugios

Fiesta Nacional del Curanto
Al llegar a Colonia Suiza, a 25 kilómetros de Bariloche y al pie del cerro López, uno siente que mágicamente ha aparecido en un siglo perdido en una aldea de los Alpes. El formidable marco natural contiene una atmósfera de tradición vivaz y vida rural, donde el viento nos deja apenas rastros de fragancias de flores, aroma de asado y de tortas húmedas o de rudo olor a vacas. Una tradición que los fundadores del lugar llevaron desde Chile es el curanto, una comida comunitaria araucana que se hace en un pozo, con piedras incandescentes que cocinan carne de vaca, cordero, cerdo y pollo, chorizos, salchichas, verduras y queso. En este febrero se hará por primera vez la Fiesta Nacional del Curanto, con shows musicales, una exposición de la cultura mapuche, una demostración de talladores de esculturas en madera, un patio cervecero, visitas guiadas al criadero de truchas y demostración del proceso de ahumado y coros en el patio de la capilla.

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Gastronomía
Cassis, Butterfly y Alto el Fuego son los restaurantes estrellas de este verano en Bariloche. Cassis está retirado (en la ruta 82 a 1 kilómetro del cruce a los Coihues) y tiene una vista casi inverisímil al lago Gutiérrez, que en verano se extiende hasta pasadas las 22. La cocina es europea moderna sobre productos patagónicos. El plato estrella es el strudel de cordero, con hierbas frescas, papas y tomates confitados. Los clientes destacan la presentación, las preparaciones en el exacto punto y cuidadas en todos sus detalles, y la atención amabilísima, casi íntima, de sus dueños.
Butterfly, sobre Playa Bonita, propone una degustación sorpresa de siete pasos, definida por la inspiración de su chef irlandés (a quien acompañan un sommelier alemán y una anfitriona argentina). Los visitantes quedan encantados con la propuesta, que puede incluir sopa de pescado con frutos de mar, ravioles con estofado de conejo, pata de cordero con puré, sopa de langostinos o mini pizza a la piedra.
Esta temporada estival será el estreno para Alto el Fuego, una parrilla escondida a pocos metros del Centro Cívico (20 de Fabrero 451) que viene sido furor entre los locales. La calidez comienza por la casa, patrimonio histórico de la ciudad, adaptada bajo la premisa de resguardar las características del edificio que fue construido en 1941. De la carta, los clientes destacan la calidad de todo y su punto justo: chorizo, matambrito, vacío, mollejas, bondiola, cordero, ojo de bife, entraña, riñoncitos, trucha… Comida abundante, precios accesibles y una impecable cava de vinos.


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MINIGUÍA
Dónde alojarse
Cabañas Bosque del Nahuel (www.bosquenahuel.com.ar). En el Circuito Chico, dentro de un bosque de coihues, cipreses y lengas. Las cabañas tienen hogar a leña, aire acondicionado, wi fi, y el complejo cuenta con hidromasajes, estacionamiento, piscina cubierta, gimnasio, saunas. Las tarifas son de 720 pesos para cabañas para 4 personas y 860 pesos para 6 personas, con desayuno.
Refugio Cordillera Bariloche (www.cordillerabike.com). Hostel en punto estratégico hacia todas las excursiones (km. 18 de av. Bustillo), con wi fi, rental de mountain bike y calefacción central. Tarifas desde $70 por día por persona.
Frente al Centro Cívico y a 200 metros del Lago Nahuel Huapi, el Kenton Palace Hotel tiene restaurante, gimnasio, sauna, SPA y business center. Hay habitaciones dobles desde 423 pesos.
Los precios de las habitaciones dobles del Llao Llao Hotel & Resort Golf-Spa arrancan de 1.868 pesos.

Cómo llegar
Aerolíneas Argentinas tiene varios vuelos diarios desde Buenos Aires, desde 2.200 pesos. Desde Córdoba, Mendoza y Rosario los vuelos hacen escala en Buenos Aires, con tarifas que van de 2.500 a 2.800 pesos. En ómnibus, tienen salidas diarias Andesmar, Nueva Chevallier, Crucero del Norte y Via Bariloche, con tarifas que rondan los 1.000 pesos.

Dónde informarse
Tel. (0294) 4422484 – 4431484
San Martín 662 6º piso, San Carlos de Bariloche




domingo, 9 de diciembre de 2012


Socorro
Por Gustavo Ng

 

Hay que observar bien para distinguir un cuadradito anaranjado recortado en la selva verde que cubre el morro de enfrente. Lo miramos allá lejos, un poco hacia abajo, desde la cumbre de un cerro más alto. Las cosquillas inquietan el estómago cuando tomamos conciencia de que allí es donde terminará el vuelo que estamos por comenzar, cuando demos cinco pasos por la plataforma de roca y nos impulsemos hacia el vacío. Nos deslizaremos por el cielo colgados de un cable. Parece que el susto no se nos pasará jamás, pero a poco andar, la gloriosa sensación de volar y la brillante hermosura de la Tierra alrededor nuestro, nos habrá despejado cualquier sentimiento que no sea la dicha.

El vuelo es una tirolesa de un kilómetro de largo entre dos picos de las Sierras de Mantiqueira. Estamos en Socorro, una pequeña ciudad que es polo de deportes de aventura, a sólo 140 kilómetros de la ciudad de Sao Paulo y a 110 de Campinas.
La formidable tirolesa en la que se vuela a 60 kilómetros por hora y que se engancha con otras dos para llegar al pie del morro, es una de las actividades del Hotel Fazenda Parque dos Sonhos, uno de los parques del lugar, en la frontera con el Estado de Minas Gerais, y en el corazón de la Mata Atlántica. El terreno de montañas amables, selva y ríos es perfecto para esta clase de turismo: bellísimo para contemplar y vivaz, irregular y variado para disfrutar de la Naturaleza en movimiento.
El resultado de permanecer unos días en el Hotel Fazenda Parque dos Sonhos es algo que quedará como una historia que siempre se recordará, y cada vez que se la recuerde se volverá a armar el grupo con el que estuvimos allí.
Entre los árboles de la selva que rodea al hotel otros cables forman puentes y sendas de maderas colgantes que van de árbol a árbol. A la actividad de recorrer la Mata Atlántica por esas pasarelas aéreas le llaman arborismo. Quienes vayan en familia notarán que en los chicos produce algarabía de macacos y en los adultos hace rebrotar la remota e incumplida felicidad de sentirse Tarzán —o Jane. Los audaces recorren a 15 metros del suelo 800 metros, en los que hallan obstáculos y terminan con dos tirolesas de 200 y 250 metros.
El vértigo se paladea también andando por paredes de rocas. El cuerpo desafía la fuerza de gravedad y la vista se extasía con los paisajes mientras se baja 25 ó 50 metros en rapel (con cuerdas). A veces los pies se apoyan en la pared, a veces quedan en el aire, pero siempre nos tienen emocionados. El Parque do Monjolinho reserva un rapel para auténticos valientes: el descenso es desde una plataforma a 30 metros de altura, sin paredes de roca, sólo en el vacío.
En este parque también hay diferentes maneras de divertirse en las aguas del Río do Peixe: el acqua-ride, en flotadores individuales para navegar acostado boca abajo, por los sectores más tranquilos y por los rápidos, un rafting de dos horas y media que atraviesa más de 20 rápidos en siete kilómetros, y una travesía llamaba bóia-cross, sobre las clásicas cámara de camión (remozadas), remando con las manos, jugando con los otros navegantes, divirtiéndose con el agua. La seguridad es extremada en todas las actividades, desde las que reclaman más adrenalina a las más apacibles. Todas las travesías por el agua, por ejemplo, se hacen con equipos y acompañadas por coordinadores que dan un pequeño entrenamiento antes de salir.
Las caminatas por sendas en la selva nativa son momentos de paz, oliendo el aroma vegetal y el agua, escuchando las cascadas escondidas y los pájaros en todas partes.
El territorio es de Mata Atlántica y de fazendas, chacras, algunas de las cuales también están acondicionadas para el turismo. La Fazenda Campo Dos Sonhos recibe a los visitantes para mostrarles cómo se cultivan las verduras en la quinta, cómo se procesa el café desde la cosecha, cómo se hacen dulces y licores; en un vagoncito tirado por un tractor se recorren los corrales de los gansos, las cabras, las vacas; en mansos caballos se pasea bajo la sombra y junto a la laguna, que luego se la recorre en botecitos a pedal. Por una incipiente ruta de turismo rural, se merienda en una casita del campo, de los abuelos de los dueños, gente caipira que disfrutará sirviendo un banquete infinito de panes dulces o saborizados, tortas, quesos, buñuelos, café, chocolate... con la señora explicando cómo hizo este paozinho de queijo o aquel dulce de cocada con frutilla. Terminada la comida, una banda de músicos sertanejos tocarán y bailarán orgullosamente su música.
El paisaje serrano es encantador. Socorro es suave paisaje montañoso de pintura naif. La tierra es un tapiz hecho de paños verdes de plantaciones de caña de azúcar o café, divididos por cercas de palos, arroyos o caminitos de tierra. Hay una vieja y hermosa casita de colonos italianos, con patos en un estanque, árboles frutales, gallinas blancas subidas a un tractor y un jardín con flores. Una señora nos saluda, con un pañuelo en la cabeza y un vestido azul a lunares blancos. Hay vacas brasileñas, blancas, algo gigantes, con unos cuernos larguísimos. Y hay descomunales rocas en cualquier lugar entre campos de césped, que parecen surgidas de la tierra con su cuero gris cubierto de líquenes. El cielo del día es blanco, cuando las tardes son tórridas, pero en las noches la fiesta de las estrellas brilla, mientras cantan los grillos y las ranas, y sobre los arroyos se reúnen las luciérnagas con sus delicadas luces verdes, en otra fiesta que imita la del cielo.


La aventura accesible

Su supone que la plenitud física es requisito para hacer deporte aventura, con lo que muchas, o la mayoría, de las personas tendrían vedado disfrutar intensamente de los paisajes con el cuerpo. Por otro lado casi el 20% de la población tiene algún problema de movilidad. Socorro decidió no darle la espalda al tema y promovió, con ayuda de los gobiernos federal y estatal, un plan para que los parques vayan adaptando actividades de modo que puedan ser disfrutadas por personas con movilidad reducida y capacidades diferentes. Liderando la iniciativa que acompañan otros prestadores, Parque dos Sonhos hizo accesible todas las áreas de alojamiento y restaurantes, y la tirolesa, las actividades acuáticas, el trekking por la selva, las cabalgatas y otras diversiones.


INFO PRÁCTICA
Cómo llegar
Gol, Tam Mercosur, Aerolíneas Argentinas y Tam tienen vuelos directos desde Buenos Aires a São Paulo (Aeropuerto de Guarulhos) todos los días, con tarifas desde 450 dólares. De allí conviene alquilar un auto (un Palio 1.4 cuesta 52 dólares por día) para recorrer los 140 kilómetros hasta Socorro, para lo cual hay que salir por Fernão Dias hasta Bragança Paulista y de ahí a Socorro por la Rodovia Capitão Barduíno.
Dónde alojarse
El Hotel Fazenda Campo dos Sonhos tiene restaurante, piscina, saunas y lugares para hacer deportes. Tanto habitaciones como dependencias están adaptadas para personas con deficiencias o movilidad reducida. Las habitaciones dobles cuestan desde 200 dólares, incluyendo 4 comidas diarias y actividades de aventura. El Hotel Recanto tiene piscinas, restaurante, salón de juegos, canchas de tenis y de fútbol, con habitaciones desde 220 dólares en base doble. Con los mismos servicios el Grinberg’s Village Hotel tiene habitaciones dobles desde 120 dólares y cabañas hasta 6 personas desde 280 dólares.
Dónde informarse
Área de Turismo de la Embajada de Brasil en Argentina: tel. (011) 4515-2400,  turismo@brasil.org.ar



lunes, 23 de enero de 2012

Gramado ideal


Las amplias playas del placer y los morros cubiertos de selva que entran dormidos en el mar son la postal de Brasil, pero sabemos que su vasto territorio está poblado de otros parajes asombrosos. Hay un rincón, en lo alto de las Serras Gaúchas, que es un pequeño mundo exquisito.
A 115 km. de Porto Alegre, Gramado es un escenario de perfección irreal, armado con casitas de estilo alemán salidas de revistas de decoración y adornado por jardines que compiten en esplendor. Es un pueblito casi alpino (en invierno se cubre de nieve), enclavado a 860 metros de altura en un paisaje de montañas donde reinan las araucarias. Ha sido construido con la decisión implacable de que resultara hermoso para recibir al turismo.

Minimundo ideal 

Dentro de Gramado, las familias viven una fiesta visitando Minimundo, una maqueta gigante que es también la expresión más acabada de cómo quiere ser este pueblo. Se puede estar el día entero siguiendo los trenes que recorren los castillos de Neschwanstein y de Lichtenstein, la Municipalidad de Freiburg, plazas, iglesias, astilleros y barcos, telesférico, una estación de subte de Hamburgo, lagos, cascadas y casas típicas. Hay un mundo entero por descubrir, con miles de muñequitos que crean situaciones simpáticas.
Y Gramado no tiene nada que envidiar a los habitantes del Minimundo ideal. Sus vecinos viven sin preocupaciones porque la seguridad es absoluta, el pueblo es hermoso, la gente amable, la limpieza insuperable, todo es ordenado y funciona. Hasta el detalle más desapercibido es cuidado.
La pequeña Gramado se mira en el espejo de la gran maqueta de Minimundo. El creador de Minimundo, Otto Höppner fue protagonista de la colonización alemana, la que dejó en Gramado una fuerte impronta cultural. Cada casa y edificio respeta con entusiasmo los estilos normando y bávaro. Con las plantas y las flores hacen una composición urbana deliciosa, que el terreno irregular permite observar y disfrutar. En los comercios los gramadenses atienden con cordialidad natural y los automovilistas se detienen calmamente cuando un peatón va a cruzar la calle.
Gramado es un Brasil muy diferente. Los brasileños vienen para descansar del agobio del calor a una villa donde no hay hordas de turistas, ni gritos, ni embotellamientos, ni pícaros.

Roteiro Rural

Desde Gramado, una mañana de sol se recorre el Roteiro Rural por la Linha Bonita. En los altos prados las nubes se meten a pastar en el fondo de las casas, enredándose entre las vacas y posándose sobre los estanques donde nadan los patos. La primera escala es la casa de Elizabeta Ferrari, centenarias la casa y su dueña. La casa es de la época en que se construía con madera de araucaria, con las habitaciones arriba y debajo las herramientas, los salamines y las gallinas. Todo alrededor es verde, azul estridente el cielo y las nubes de blanco recargado. Más adelante esperan a los visitantes Cenilda y Erni, para mostrarles su molino de yerba mate y ofrecerles sus frutas secas y sus licores. Reciben complacidos, dejan brotar cuánto los alegra la visita hablando a los gritos y mirando con ojos sonrientes. En su viejo molino el molinero Nelson Cavichion, entre trastos centenarios, se larga a contar la historia de sus abuelos pioneros: los sacrificios, las pequeñas dichas, la rutina. Los visitantes ríen y se dejan ganar por la ternura, y los trastos cobran sentido. En el último mojón de la excursión, otro matrimonio recibe con las tortas que hicieron la señora y sus hijas y los embutidos del marido, dan charla y al final participan a todos de una canzonetta italiana.
En una visita a Bento Gonçalves, a 72 kilómetros, se remontan las raíces italianas en un paseo en el tren turístico María Fumaça, al que suben, a poco de traquetear, músicos que tocan la tarantela y bailan con los pasajeros. Los brasileños turistas, carentes de melancolía, festejan con excitación de egresados —además, en una parada se ha abierto la canilla de la sidra para todos.

La herencia italiana y alemana

Gramado es el resultado de la inmigración de italianos y alemanes. Fue amasada por la fe de los colonos  en que los hombres pueden vivir pura y alegremente en una villa habitada por la bondad y la inocencia.
Nova Petrópolis, a 36 kilómetros de Gramado, es la cuna de los alemanes que llegaron en el siglo XIX. Caminando por un prolijo bosque que guarda un lago se llega a la Aldeia do Imigrante. Allí permanecen flotando en el tiempo modestas casitas, una pequeña capilla de piedra y madera, la antigua escuela, un comedor generoso y un cementerio íntimo. En el mismo parque una enorme glorieta gigante y un vasto salón con escenario y mesas comunitarias albergan las fiestas alemanas, desde los casamientos hasta la Oktoberfest. Los turistas son invitados a la Noche Alemana, en la que disfrutan una variedad pródiga de platos, tortas y cervezas, mientras observan y al fin participan de los bailes tradicionales, al son de una orquesta que parece recién llegada de las orillas del Rhin.

Naturaleza domesticada

El entorno natural de Gramado es tan espléndido como la ciudad, con las dimensiones brasileñas: todo se expande en demasía. En el Parque Nacional Caracol un arroyo se arroja al vacío, formando un salto tan alto que el agua parece no terminar de caer. Las altas masas de araucarias, árboles prehistóricos, se alejan hasta el infinito. En el Parque Nacional de Aparados da Serra el cañón de Itambezinho es una fisura de 700 metros de profundidad en la carne del planeta. Los brasileños descendientes de inmigrantes han domesticado incansablemente esta Naturaleza impresionante para hacerla fructificar. Gramado está en la Ruta del Vino del sur de Brasil y muchos de los campos que la rodean están alfombrados de brillantes viñedos. (Ver apartado)



La Ruta del Vino de Rio Grande do Sul
Desde Gramado se puede recorrer la Ruta del Vino, hecha de bodegas muy bien preparadas para recibir a los visitantes. La Vinícola Aurora está en Bento Gonçalves, donde también recibe a los turistas la Vinícola Miolo, que hace vinos excelentes y fue pensada desde su establecimiento para el turismo, con asesoramiento de europeos y mendocinos. En su sótano hay miles de barricas de roble, y dentro del vientre de las barricas duerme el vino. El lugar está iluminado y ambientado para que el visitante sienta la vida que late en la bodega. El tour comienza junto a unos primitivos toneles gigantes fabricados con madera del lugar, sigue entre tanques de acero, el sótano de las barricas, un sector de lotes especiales, luego una colección de vinos históricos y termina en una degustación de los productos más excelsos: vinos que sólo se venden en Inglaterra, ediciones limitadas, producidos en base a las sugerencias del legendario enólogo Michel Rolland.
Partiendo de Bento Gonçalves, la Ruta del Vino de Rio Grande do Sul recorre Caxias do Sul, Veranópolis, Garibaldi, Cotiporã, Vila Flores y Nova Prata. La visita a las bodegas y viñedos está en muchos casos asociada con alojamiento, paseos y una  gastronomía de lujo.


MINIGUIA
Cómo llegar
Aerolíneas Argentinas tiene vuelos diarios desde Aeroparque a Porto Alegre, con tarifas desde 189 dólares + impuestos. El transfer hasta Gramado (115 km.) cuesta unos 250 reales y el alquiler de autos en Porta Alegre puede ir de 600 reales por semana (Gol o Palio) a 1.000 reales (Picasso o Scènic).
En auto se llega a Porto Alegre, desde Buenos Aires pasando por Montevideo, por Colón/Paysandú o por Paso de los Libres/Uruguaiana. Son entre 1.400 y 1.500 km. La opción Paso de los Libres/Uruguaiana es la mejor si se va desde el Litoral: Paraná y Santa Fe están a 1.200 km., Corrientes a 1.000 km. y Posadas (cruzando por Garruchos) está a unos 800 km.
Dónde alojarse
Con buenos servicios, el Hotel Serrano tiene tarifas desde 400 reales. El Ritta Höppner es un rincón germano, con tarifas desde 300 reales. La Pousada Ald’ Mama, en el centro, tiene habitaciones dobles desde 145 reales y la Pousada Vale do Quilombo, con una vista increíble al valle, tiene tarifas desde 200 reales. La Cabana Belo Destino, hasta cuatro personas, desde 110. En alta temporada (hasta medianos de enero) los precios suben hasta 50%.
Información
Comité Visite Brasil, turismo@brasil.org.ar, tel. (11) 4515-2422,
 





lunes, 30 de mayo de 2011

Puerto Deseado, alma marinera



El chico sabía que lo iban a retar, pero no podía dejar de hacerlo. Acostado boca abajo sobre la lancha, se estiró en la proa hasta asomar la cabeza para tener bajo sus ojos el agua transparente, y unos centímetros bajo el agua, el delfín que había visto. Y entonces sucedió algo que jamás podrá olvidar en su  vida: también el delfín estaba mirándolo. La lancha iba muy rápido, el delfín se movía dentro del agua helada a la misma velocidad, y aún así el chico y el delfín se miraron a los ojos, curiosos, inteligentes. Hicieron contacto.

Navegaban por el estuario de la ría Deseado, donde el mar se mete por una hendidura de la reseca intimidad de la Patagonia. La superficie del mar era de un azul tan denso como el del cielo de la noche y a lo lejos se veían esos acantilados que desde un barco son la imagen de la desolación incurable, castigados por el viento desde el principio de los tiempos. Y sin embargo, esa sordidez de geología estéril escondía el bullicio de la vida, invisible para los apurados que miran sin ver. No sólo iba el delfín siguiendo a la lancha, un pequeño delfín negro y blanco, con el diseño de una orca, sino que todo el estuario estaba lleno de ellos. La gente del lugar sabe que son una familia e identifica a las matriarcas, las nuevas crías, los machos más osados. Los acantilados rectos como muros son la casa de miles de cormoranes. Una isla que parece tan pelada como un antiguo hueso, alberga decenas de miles pingüinos anidando, sobre otra se asientan una muchedumbre de lobos marinos. En una laguna sin gracia se refleja la inquieta masa rosa encendida de los flamencos. Por la estepa, entre los pastizales tiesos, disparan los guanacos, trotan los zorros, huyen las maras. Cabalgan los vientos palomas antárticas, garzas brujas, ostreros, patos crestones, gaviotas, petreles.  La zona de Puerto Deseado es un parque donde se concentra festivamente la vida austral. Para recorrerlo se navega por la ría, entre islas y canales.


En una expedición los guías explican con satisfacción de aventureros que recorrido por la ría es el que hizo en 1883 Charles Darwin. El viaje incluye una caminata por la Isla de los Pájaros, donde se camina entre los pingüinos que empollan acostados sus huevos. El área ha sido instituida como Reserva Natural Ría Deseado, lo que obliga a un respeto extremo del medioambiente. Producto de esa extrema prudencia ecológica es la posibilidad de mantener un vínculo tan estrecho con los animales del entorno. El viaje termina en el final de la ría (unos 40 kilómetros tierra adentro), donde se halla el Cañón del Río Deseado. Allí termina el mar. La tierra comienza a ser habitada por guanacos, caranchos, maras, águilas moras y ñandúes. Se hace un alto en el camino para descubrir, trekking mediante, las pinturas rupestres guardadas en las paredes de una pequeña cueva.
En otra excursión se navega hasta la Isla del Rey, zona donde la corbeta holandesa Hoorn se hundió en 1616. Tras el desembarco al pie del cerro Van Noort, se trepa hasta la cima para alcanzar una formidable vista panorámica de la reserva.
Quienes se animen a entrar en las grandes aguas del Atlántico Sur podrán hacer una travesía oceánica de unos 25 kilómetros entre olas y escarceos, hasta la Isla Pingüino. Allí se visitan las instalaciones abandonadas de una factoría lobera y el faro, y también se tiene un encuentro increíblemente íntimo, como un sueño real, con lobos y elefantes marinos, skuas de la costa y los pingüinos que, además de frac, llevan un distinguido penacho amarillo.
La ciudad y sus alrededores ofrecen cuevas, cañadones, extrañas formaciones rocosas, yacimientos de fósiles, loberías y bosques petrificados.

En los mundos remotos la realidad y la fantasía se funden. Aquí había gigantes, monstruos con cabeza de ternero, orejas pequeñas y dientes enormes (lobos marinos), extraños gansos negros (pingüinos) e insólitas mulas con cuerpo de camello y patas de ciervo, que relinchaban como caballos (guanacos). Darwin describió en su cuaderno un lugar próximo a Puerto Deseado: “No creo haber visto jamás otro lugar que pareciera más aislado del resto del mundo que esta grieta entre las rocas en medio de aquella inmensa llanura”. Aún hoy la Patagonia es un mundo remoto. Una duermevela se posa sobre la realidad. Las fantasías más absurdas nos juegan el truco de ser reales y entonces dudamos de todo. Hace unas décadas nos hubiéramos reído del insensato que jurara que toda la Patagonia fue una selva tropical habitada por dinosaurios grandes como edificios, pero luego los científicos lo comprobaron.
La soledad absoluta del territorio y la tranquilidad de sus aguas convirtieron por siglos a la ría en un refugio para los barcos castigados por las inclemencias del océano. Flotan las certezas de que hace 200 años fueron rescatados marineros ingleses y portugueses que habían sido abandonados, que el oro que cargaba otra nave fue enterrado en algún rincón de la ría, o que en un sitio marcado están los restos de un galeón atiborrado de tesoros orientales y cuya tripulación entera murió, víctima del escorbuto. Una leyenda de esta colección se refería a cierta corbeta que doscientos años atrás se hundió en la ría. Para el hombre sensato aquello no era más que otro cuento, pero en 1977 apareció en Puerto Deseado un marino australiano, reivindicándose tataranieto del capitán de aquella corbeta Swift. El extranjero desplegó un mapa y aún así no le dieron crédito, hasta que unos adolescentes usaron el mapa y encontraron los vestigios. Hoy las reliquias de la Swift son exhibidas en el museo Brozoski.
Otro mito habla de los presos yugoslavos que construyeron con piedra, y siglos de sabiduría, un formidable edificio, que fue estación de tren. Otro museo funciona allí, sostenido por los ferroviarios de la época en que el tren corría hasta Colonia Las Heras.  En las silenciosas salas de la estación puede presentirse el fantasma de los temblores del piso cuando llegaban las locomotoras cargadas de desierto. La dictadura del 76 cerró el ramal y sólo se logró rescatar un vagón, el Reservado 502, que rodaba en los días de la Patagonia Rebelde y hoy está emplazado en la plaza céntrica de la ciudad.
Viajar al remoto Puerto Deseado es ir al encuentro de un lugar del mundo donde los hechos históricos se volvieron leyendas, y donde lo que parecía no ser más que el divague de la fantasía, resultó ser realidad.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Viaje al mundo de los mochicas

Por Gustavo Ng


Por las monumentales ruinas de barro en las afueras de Trujillo anda un perro negro, tan pelado como un animal marino. Sin embargo, vive en el desierto. Sube por rampas milenarias, se echa a la sombra de un muro polvoriento y en un pozo cavado por arqueólogos sueña enrollado con una pirámide multicolor y una muchedumbre que adora al dios mitad humano, mitad tigre. Era su amo también, antes de que llegaran los perros peludos. Le fue fiel cuando toda la gente desapareció, más tarde cuando los conquistadores despreciaron su mundo y ahora que los investigadores lo resucitan.

Durante décadas, el encandilamiento que ejerció Machu Picchu dejó en las sombras otros vestigios de civilizaciones que habitaron Sudamérica, pero en los últimos veinte años se han sucedido descubrimientos que están fundando a Perú como un nuevo Egipto.

El Señor de Sipán

Cerca de la ciudad costera de Chiclayo (770 kilómetros de Lima), en el pequeño pueblo de Sipán, se encontraron asombrosamente conservadas las tumbas de un rey y su corte que vivieron hace 1700 años. El Señor de Sipán fue un monarca de los mochica, sociedad extinguida hacia el año 600 d.C. Era el único gobernante y guerrero del antiguo Perú encontrado hasta entonces. Los científicos rescataron sus vestigios de los saqueadores de tumbas en 1987 y la riqueza del hallazgo ameritó la instalación en 2002 del Museo Tumbas Reales de Sipán, que puede ser visitado, tanto como el lugar del hallazgo, donde los arqueólogos siguen trabajando. La visita puede hacerse en el marco de un recorrido por diferentes sitios arqueológicos desde Chiclayo o desde Trujillo.

El Museo Tumbas Reales de Sipán exhibe cerámicas de belleza precisa, las mejores piezas del arte mochica. El visitante es asaltado por la vida intensa de los seres que emergen de las piezas: una parturienta, un zorro, un hombre que pesca una mantarraya, un hombre iguana, un muerto que hace música, un pez demoníaco, un prisionero desnudo. Los días y los trabajos de la gente mochica están retratados en las cerámicas que le ofrendaron al Señor de Sipán, no para que se hicieran polvo, sino para que le sirvieran en la vida que le esperaba después de la muerte. También habrían de servirle sus acompañantes: esposa y concubinas, jefe militar, vigilante, porta estandarte, un niño, dos llamas. Y el perro fiel que anda todavía por las pirámides.

El Señor de Sipán se presentó en otro mundo con su majestuosa opulencia de metal. En las vitrinas del museo relumbran collares de doradas cabecitas sonrientes, orejeras, cascos, cetros y brazaletes de oro, plata (el oro, hecho de sol, la plata hecha de luna), cobre dorado y piedras semipreciosas. Sólo en el sepulcro del Señor había más de 400 joyas. Una nariguera está hecha de láminas finas de oro que cuelgan delicadamente: la luz del sol creaba figuras centelleantes cuando el Señor hablaba.

El circuito arqueológico de la costa norte de Perú incluye además las 26 pirámides de Túcupe, el Complejo El Brujo, la Huaca de la Luna y Chan Chan, la ciudad de barro. Se trata de un itinerario vivo, porque todo el tiempo se están haciendo descubrimientos, muchos de ellos tan extraordinarios que ponen patas arriba las teorías vigentes sobre las civilizaciones que precedieron a los incas. Este es el Perú anterior al Imperio Inca y el Perú más allá de Machu Picchu.


El Brujo muestra una pirámide y una reina tatuada

El descubrimiento del Señor de Sipán generó una fiebre del oro arqueológico. Poco después se encontraron los primeros frisos pintados en la misteriosa plataforma geológica en forma de triángulo que conforma el complejo El Brujo. Los frisos están en la parte superior de una pirámide que continuamente arroja maravillas a la luz del presente. La pirámide, como cientas aún no descubiertas, estaba tapada por el polvo. Para el inexperto era un montículo cualquiera, uno de los tres del lugar, agujereado como un queso por los huaqueros (profanadores de tumbas) y llamado El Brujo por los nativos porque era punto de reunión de los shamanes de la región.

En el valle de Chicama, como ningún otro sitio, el Brujo concentra huellas de un largo pasado: las más antiguas son de 5000 años y están las ruinas de una iglesia dominica de tiempos coloniales. Cuando vivían los mochica los cultivos reverdecían; hoy es una pampa junto al mar sin una brizna de pasto y sin una línea de sombra. Estamos a una hora de la ciudad de Trujillo, a 550 kilómetros al norte de la capital del Perú, en un sitio que ha sido abierto al público recién en mayo de este año.

El visitante tendrá frente a sí la fachada develada de una pirámide mochica, los prisioneros en fila que salen de una pared y un mural en el que signos y figuras enigmáticas danzan una coreografía desconocida. Verá lo que ojos ancestrales vieron, y examinará la labor, precisa hasta la obsesión, de los arqueólogos.

Los investigadores han hecho recientemente un hallazgo descomunal: en la pirámide dieron con un mausoleo, y de la tumba principal sacaron al rey, que resultó ser una mujer. Una pequeña reina en un estado de conservación tan bueno que resulta inexplicable. Tenía unos 25 años y las manos y antebrazos tatuados con serpientes y arañas, caballitos de mar y estrellas. La enterraron con báculos, coronas y ofrendas, envuelta en un fardo de 120 kilos. Gobernó en el siglo III de nuestra era, bajo la ascendencia del dios único Ai Apaiec, hombre felino al que le ofrendaban la sangre de los prisioneros y las peregrinaciones sin fin hasta la pirámide que hoy visita la gente del siglo XXI.


Huaca de la Luna

El primer impulso será levantar la cámara de fotos para capturar la imagen, pero inmediatamente se la bajará para entregar sin intermediaciones el alma al fascinante espectáculo de la fachada de una pirámide multicolor de casi 30 metros de alto, poblada de decenas de seres de otro tiempo, tallados y pintados por gente de otro tiempo. Los guerreros marchan en el escalón de la base, oficiantes de una ceremonia desconocida danzan tomados de la mano en el segundo escalón, luego se alinean arañas con brazos humanos (de una cuelga una cabeza, otra sostiene un cuchillo sacrificial), pescadores, hombres felinos, una titánica serpiente que separa el mundo terreno del divino y arriba de todo el dios Ai Apaiec.

Alrededor se distinguirán las trazas de la ciudad mochica desde la cima de la pirámide: depósitos, tumbas, corredores, patios. Allí arriba se caminará por el recinto donde se ejecutaban los sacrificios que culminaban en la plaza frente a la fachada —detrás de esta fachada hay otras cinco; las pirámides se iban construyendo sobre anteriores, recubriéndolas y conservando la forma.


Chan Chan

La Huaca de la Luna está en las afueras de Trujillo, lo mismo que Chan Chan, el sitio de mayor tradición en el circuito, desde 1986 Patrimonio de la Humanidad. Chan Chan es una intrincada ciudad de barro construida por los chimú, descendientes de los mochica que fueron dispersados por los inca.

La ciudad albergó unas 100.000 personas entre los siglos XII y XV. Tiene nueve complejos construidos sucesivamente, cada uno de ellos amurallado. Hoy se visita uno de ellos. Las ruinas siempre estuvieron a la vista, pero sólo comenzaron a ser restauradas en 1964. Hoy se ha recuperado el 95% del complejo y es el atractivo arqueológico más preparado para el turismo en la costa norte.

Los muros forman un perímetro de un kilómetro y medio. En su interior hay plazas enormes, patios pequeños, pasillos como un laberinto y recintos, cámaras, depósitos. En el lugar no llueve; para abastecerse de agua los chimú hicieron 140 pozos.

Tras andar por un pasadizo enmarcado por paredes de más de dos metros de alto, el espacio se abre sobre una gigantesca piscina rectangular con prolijos brocales de piedra. Oasis irreal en medio de la aridez infame de Chan Chan, crecen en el agua eneas, totoras y juncos, y por los platos de los lirios acuáticos caminan pollas de agua, entre patos, flores frescas e insectos voladores.

Chan derivó de xllang, sol, que en el lugar manda cruelmente. Sol, desierto y mar. Chan Chan, capital de un solo reino, es la ciudad que construyeron unas personas apasionadas con el mar. Corren aún los peces por los muros, junto a disciplinados cormoranes. En todas partes están los rombos, como decoración o como estructura de paredes: son las redes de los pescadores. Los chimú dueños de los espíritus que hoy se esconden tras la resolana y se dejan bañar por la luz de la luna, iban felices por el mar con los caballitos de totora que aún usan sus nietos. Quién sabe hasta donde llegaron.

Sentadito en la orilla recalcitrante, observando atento el infinito horizonte de agua, esperaría a su dueño navegante el fiel perro tan pelado como un animal marino.


OLAS Y SABORES

A quince minutos de Trujillo está el balneario de Huanchaco, donde los pescadores siguen haciéndose a la mar en caballitos de totora, los surfers de todo el país aprovechan olas magníficas y la gente de paladar experto se lleva sabores que no hallará en otro lugar.

El mismo catador de exquisiteces encontrará ocasión de felicidad en Pimentel, balneario de Chiclayo. Probar una “orgía de mariscos” en la cebichería Los Percebes regalará un recuerdo fijo: pionono de papa con pulpa de cangrejo, langostinos en salsa golf, pulpo al olivo, conchas de abanico a la parmesana, conchas negras asadas con limón, choclo y especias locales, tortilla de raya. El ceviche de mero es único en el Perú, lo mismo que el filete de mero relleno de una pasta de mariscos con langostinos y rabas.


Suplemento Viajes y Turismo, Diario Clarín, 21 de enero de 2007

Turín, con ese altivo esplendor del Norte



La brillante bandera de Italia contrasta con los tonos sobrios de Turín, del negro perfecto al ámbar pálido que emite una tulipa de piedra medieval. Esta es la capital del Piamonte, entre Suiza, Francia y el Mar de Liguria. Al sur está Italia, claro, pero en lugar de volare ho ho!, cantare ho ho hoho! se oirá el susurro íntimo de Carla Bruni pronunciando et l'océan de l'oubli, a jamais, nous réunit.

Se descubrirá desde el tranvía, frente a la Piazza Castello, un café distinguido que al porteño le resultará familiar. Se baja, se caminan unos metros por el casco histórico, la Torino sabauda, y se instala uno dentro de una recova, en el Café Mulassano, centenario, de madera, bronce, cristal, luces y la voz de Carla Bruni, chica del lugar. A unos metros está la Galleria Subalpina, elegante como ninguna, habitada por un cine de lujo, librerías de lujo y bares de lujo, hasta salir a otra plaza, la Carlo Alberto.

Resultó que el Café Mulassano estaba muy cerca del hotel, de modo que uno se ha hecho habitué. Cada tarde, entre martinis y el aire de la primavera alpina, se ha contemplado el entorno monumental de la Piazza Castello.

Al fondo está el Palazzo Reale, como un muro de tiza, labrado exquisitamente para que el tiempo se detenga. Por doscientos años fue la casa de los Saboya, una de las dinastías emblemática de la nobleza europea. También alojó a los reyes de Cerdeña y al primer rey de Italia. Los artistas lo cincelaron barroco, rococó y neoclásico. Detrás se extienden melancólicos giardini reali y adelante una plazoleta está custodiada por Dióscuros también congelados en el tiempo.

Se ve la cúpula suculentísima de la Chiesa di San Lorenzo, cuyo interior es una obra maestra del barroco religioso en Europa, en la que sobreabundan las joyas de la inagotable riqueza católica de los Saboya. Una tras otra se suceden capillas, cada una de las cuales requiere varios días de contemplación.

Enfrente se continúa el Palazzo Reale en un edificio que replica paredes rojas y ventanas blancas, como en un sueño, hasta el infinito. Fueron las plazas y los edificios de Turín los que dictaron a Giorgio De Chirico la quietud metafísica y la melancolía impasible que capturó en sus pinturas.

En el centro de la Piazza Castello se yergue como un peñón arquitectónico el Palazzo Madama. Su fachada de pulimento austero oculta un cuerpo medieval, con torres cilíndricas de ladrillos de rojo maduro por las que trepan las enredaderas verdes.

En los pliegues de su interior de mármol habita la historia de Turín. Los siglos estáticos desde que la creara Augusto hace 2000 años hasta que los Saboya la convirtieron en el enclave de su dominio, tramándole un laberinto abigarrado de palacios, plazas, iglesias y castillos. Napoleón hizo demoler antiguas fortificaciones y los vientos de la expansión moderna cambiaron la faz de Turín: fue fundamento de la revolución industrial en Italia. Su dimensión la hizo capital de la nueva Italia Unificada en 1861 y las posguerras del siglo XX la impulsaron aún más como potencia de la industria.

Usted andará por camas de reyes, que en Turín son camas de piedra. La frialdad es de una belleza exquisita en esta ciudad, donde las luces preservan las oscuridades mejor de lo que iluminan y donde son hermosas las camas de piedra y los baños como mausoleos (para los pies descalzos, el mármol gélido).

Los turineses siempre fueron gente altiva, circunspecta y aplicada. Su laboriosidad fue motor de la industrialización de Italia, proceso que atrajo hacia Turín migrantes de todo el país. Aunque alberga una ensaladera de orígenes, sigue siendo distinguida y alejada del ardor sureño. La prosperidad avivó la tradición cultural e intelectual. Aquí escribieron Italo Calvino, Cesare Pavese y Umberto Eco. Donde Jean François Champollion desentrañaba jeroglíficos se construyó un museo, el segundo Museo Egipcio del mundo. Salimos del café, caminamos por la via Accademia delle Scienze y entramos a ese museo. La colección de piezas es inextinguible. Muchas provienen de las excavaciones que llevaron a cabo los investigadores de este museo entre 1900 y 1935. Hay cerca de 30.000 objetos. Recorriendo las salas se entiende una clave que escribió Champollion: “El camino a Memfis y Tebas pasa por Turín”.

La maciza severidad con que los turineses se opusieron al fascismo es la misma que había generado el imperio Fiat. La Fabbrica Italiana Automobili Torino fue fundada en 1899 por Giovanni Agnelli y otros inversores que impusieron sus vehículos rápidamente hasta concretar el proyecto de Lingotto, el mayor complejo automovilístico de su época en Europa. Está cerrado el Museo Nazionale dell’Automobile, pero puede visitarse la Fiat en el marco del “Made in Torino. Tour the Excellent”. El itinerario incluye empresas aeroespaciales (Alcatel Alenia Space, Alenia Aeronautica y Galileo Avionica), otras automotoras (Iveco y New Holland) y compañías de diseño (Pininfarina, Bertone y Gufram).

La noche más relajada está en el Murazzi del Po. Desde el río se nos verá junto a los distinguidos turineses, charlando en uno de los bares de la costa, contra las viejas arcadas. Sobre las arcadas corren los autos entre árboles tumultosos y allí arriba, iluminada bellamente, la enorme aguja de la Molle Antolleniana.

En una bella giornata estival daremos un paseo en bicicleta acompañando el Po. Saldemos de un parque junto al Borgo Medioevale, pasaremos por debajo del Ponte Isabella y bordearemos el río, que ha lamido castillos desde siempre y sintió pasar el poder de los soldados de Roma durante siglos y hoy sigue agitándose vivo bajo el sol. Pasaremos la zona de los hospitales, el Museo del Automóvil, el palacio Vela y el palacio del Trabajo. Cruzaremos el Sangone para meternos en el parque nacional de las Vallere. Iremos por la carretera del Castillo de Mirafiori y llegaremos al bosque de Nichelino. En dos horas sobrecargadas de aire, río y Medioevo, habremos llegado al palacete de Caza de Stupinigi.

En una cena en un restaurante pequeño y de gusto irreprochable, en tonos pastel y dorado, con manteles y servilletas de hilo, grandes jarras de cristal con agua y bienestar en el ambiente, probaremos la comida de Turín. Picaremos pistachos y panes, algunos rellenos de frutos secos, y luego nos traerán una insalata de gamberetti y rucola, un ragout de ternera con salsa de zanahorias, un carpaccio de buey con parmeggiano, agnolotti rellenos de carne, nuez moscada y laminitas de la famosísima trufa blanca del Piamonte y rissotto negro con tinta de sepia. El dolce es mousse de chocolate con nata y frutos secos.

Los gustos de Turín no son tiernos ni dulces. Turín no atrae por empalagosa, sino por su estilo definido hasta lo incorregible. El visitante se lleva la impresión de una ciudad que pasó del rigor soberbio del imperio a la precisión severa de un industrialismo que también se hizo imperial; un sentimiento de realeza que ha respirado en cada turinés, como si todos descendieran directamente de Vitorio Emanuel I, rey de Savoia.



UNA VISITA AL SÉPTIMO ARTE

La pujanza industrial de Turín se concretó tanto en las automotoras como en el cine. La vocación por la cultura de Turín absorbió de su vecina Lyon las máquinas de los hermanos Lumière. Aquí nació Cabiria, la primera superproducción de la historia del cine, rodada en 1913 con tropas de elefantes en los Alpes y escenas de batallas con 20.000 extras. La industria cinematográfica fue intensa, fundamentó la RAI y tiene su exhaustivo Museo Nazionale del Cinema alojado desde el 2000 en cinco pisos dentro de la Mole Antonelliana. La planta baja está ocupada por salas de proyección; en el primer piso se despliega la Arqueología del Cine, en el segundo está el Salón Templo del Cine, con diez capillas dedicadas al culto del séptimo arte; el tercer piso muestra las diferentes etapas de la producción cinematográfica y el último nivel contiene la más completa colección de afiches de películas del mundo.
La Mole Antonelliana es emblema de Turín. Fue iniciada en 1863 como sinagoga; se eleva impecable, nutrida de la soberbia de la Europa blanca, en 168 metros de elegancia, severidad, nobleza e intransigencia.
Es consenso entre los turistas que el Museo del Cine y la Sábana Santa son las visitas más fascinantes que pueden hacerse en Turín.



Suplemento Viajes y Turismo, Diario Clarín, 4 de noviembre de 2007

martes, 20 de marzo de 2007

ESPAÑA

Desde Vigo, alma y sabor de Galicia

Gustavo Ng

El viejo parecía ignorar el rugido del Atlántico. Erguido solemnemente en una playa de la costa argentina, con las manos tomadas atrás, parecía no prestar atención al mar, concentrado como estaba en escudriñar con la mirada más allá del horizonte de agua. Como si en cualquier momento fuera a aparecer algo. Ya se tomará un avión, el viejo, y desandará el camino que lo trajo a Buenos Aires hace más de medio siglo. Se tomará un avión con su nieta adolescente y verá lo que cada verano su sentimiento busca donde acaba el océano: Vigo.
Entonces, podrá ver desde el aire un perfecto crucero blanco y gigante entrando apaciblemente desde el mar a la ría de Vigo. Miles de turistas llegan en cruceros a este puerto, entrada esplendorosa a Galicia y a España.
En la boca de la ría amparan al puerto las islas Cíes, tres cerros sumergidos hasta la mitad. Galicia es la región montañosa de España sobre la que el mar se ha montado. Ha trepado por sus valles perpendiculares a la costa formando varias rías, en las que mariscos y peces han abundado como en un paraíso. La ruda tierra gallega recibe las aguas oceánicas con deleite de esposa enamorada, y el fruto de la unión es un lugar de una hermosura robusta, capaz de obsesionar a sus hijos toda la vida.

En el barrio histórico


El viajero empezará una visita al casco antiguo por el Barrio del Berbés, zona tradicional de pescadores. Desde allí se ven plazuelas y pórticos hasta los que antaño llegaba el mar. Por la Rúa da Ribeira se va a la Plaza de Piedra, donde un mercado ofrece de todo, herencia de un tiempo en el que se vendían productos exóticos de ultramar.
A través de la Plaza de la Constitución, donde estaba emplazado el antiguo ayuntamiento, se llega a la Rúa dos Cestos, con sus artesanías en mimbre, muestras de una tradición centenaria, y la Colegiata de Santa María, en pleno corazón del casco viejo. El edificio, obra cumbre del neoclásico en Galicia, fue construido a principios del siglo XIX sobre las ruinas de la antigua Concatedral, destruida por el pirata Drake. En el atrio de la Colegiata está el símbolo de la ciudad: un olivo.
Los vestigios más antiguos de Vigo pertenecen a la época romana —entre los siglos III y VI d.C. La ciudad sufrió ataques de los normandos en la alta Edad Media, luego fue arrasada por Almanzor, en el siglo XVI padeció la peste y las invasiones turcas la asolaron en el XVII. Por eso, Enrique IV fortificó Vigo con unas murallas que permanecieron hasta 1860. La ciudad había quedado constreñida a un pequeño lugar de calles y construcciones irregulares.
La Colegiata de Santa María atesora al Cristo de la Victoria, patrono de la ciudad, quien fue llevado por el mar de Dios hasta una playa gallega para ayudar a los vigueses a resistir hasta la expulsión de las tropas de Napoleón en 1809.
Cerca de la Colegiata está la Estación Marítima de Ría, con su antiguo muelle de A Laxe. De la Estación Marítima salen excursiones para recorrer la ría y rodear a las Islas Cíes: Monteagudo, Faro y San Martiño. Son la zona natural más bella de Vigo. Las costas que dan al interior de la ría son suaves, hechas de grandes superficies de arena y bosques, mientras que la parte occidental, batida por el ímpetu de las aguas del Atlántico, es una sucesión de acantilados y cuevas, residencia eterna de multitudes de aves. Antes de subirse al barco hacia las islas Cíes, los turistas visitan la antigua Pescadería, donde aún se ofrecen frutos de mar.
También disfrutarán los mariscos los navegantes del mundo que el 12 de noviembre zarparán de Vigo para dar la vuelta al planeta acuático para ganar la Volvo Ocean Race. Será la primera vez que esta competencia se inicia en un puerto no británico.
Bastión turístico de la zona es la Puerta del Sol, con su sireno, mitad hombre y mitad pez. Es el punto desde el que se expandió la configuración urbana hacia las laderas del monte Castro.
Los bares —tascas— del casco antiguo son punto de partida de otro tipo de tour. "Marcha" le llaman los vigueses, que empiezan por la ruta de vinos de los alrededores del Mercado de la Piedra y siguen para la calle Churruca o para el Barrio del Arenal, en los alrededores del Club Náutico, y luego terminan en alguna de las discos del entorno de la playa de Samil, al otro lado de la ciudad.

Los miradores

El Monte del Castro fue asiento de la primera población prehistórica de Vigo. Desde pleno centro de la ciudad, domina la bahía de Vigo y buena parte del valle del Fragoso. El monte es pulmón verde de una ciudad que ha crecido vertiginosamente en el último siglo. Asentada al borde de la ría, Vigo asciende por las laderas del monte Castro y hoy, con su expansión urbana, rodea y sobrepasa ampliamente aquel emplazamiento inicial.
En 1900 la población era de 18.500 habitantes y para 2004 la cifra había trepado a 292.059, al consolidarse como el primer puerto pesquero de España.
Desde el monte Castro se contempla un panorama en el que las formas urbanas se diluyen en el horizonte marino; un paisaje que combina sierras, playas, islas y valles, envueltos en el azul luminoso de Galicia contra el mar.
En una de las laderas del monte Castro se han hallado restos arqueológicos de la época en que la gente vivía en pueblos fortificados en las montañas. La gente, entonces, era gente celta. En la cima está el castillo de San Sebastián, del que se conserva un fragmento de muralla: allí está el mirador.
En el monte Castro hay también un monumento a los galeones hundidos en la Batalla de Rande. En 1702, 19 galeones que cargaban desde América 108 millones de piezas de oro y plata, entraban en la Ría de Vigo para protegerse de una escuadra inglesa. En la batalla resultaron hundidas 40 naves repletas de tesoros. Se dice que los ingleses se llevaron 40 millones de piezas y que un millón fue recuperado. El resto del cargamento palpita entre peces y ostras.
Otro mirador está en el monte de A Guía, en cuya cima se erige la ermita de Nuestra Señora de las Nieves, punto de referencia de las embarcaciones que surcan la Ría y donde la gente del mar agradece a la Virgen su protección. Las mujeres de los pescadores subían al tejado de la ermita en los días de temporal para cambiar la dirección del viento que se llevaba a sus maridos.
Fuera del casco urbano está A Madroa, un monte con pinos y eucaliptos y manantiales, que tiene el único parque zoológico de Galicia. Y junto a la carretera de Vigo a Gondomar está el Monte Alba, acaso el que ofrece la visión más grandiosa: la Ría de Vigo en toda su extensión y un gran valle lleno de flores y cultivos.

Las playas

Entre los sitios más deliciosos de Vigo para disfrutar con el cuerpo lo que desde los miradores vieron los ojos, están las playas. A lo largo del litoral se extiende una gran cantidad de playas de distintos tipos. En la orilla izquierda de la ría de Vigo aparece la famosa playa de Simil, cercana a la ciudad. A lo largo de sus tres km tiene amplios pinares y lugares para hacer deportes. Le sigue la playa de Bao, de arena blanca y aguas tranquilas, en la que emerge la pequeña isla de Toralla, unida a la tierra por un puente.
En una de esas playas, casi personales, retozan el viejo y su nieta. La obsesión del viejo finalmente se ha encontrado con el espíritu que lo llamaba, trepado a un techo una tarde en que el viento se llevaba todos los diablos. La chica toma sol con auriculares. El viejo, con una sonrisa, contempla Vigo.

Suplemento Viajes, Clarín, 30 de octubre de 2005
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2005/10/30/v-00611.htm